viernes, 17 de diciembre de 2010

Kelley Stoltz – Sólo para soñadores

Después de tanto tiempo alejado del mundo de los blogs, de internet, y casi del resto de los mortales, de repente, siento la necesidad de contar cosas que he descubierto y vivido a lo largo de un periodo en el que bastante tenía con poner orden en mi mundo particular. Tras Arcade Fire la cinta sigue rebobinando y, todavía un poquito antes en el tiempo, se me presenta el concierto que Kelley Stoltz dio en la sala Azkena de la ilustre Villa de Bilbao. Los dos últimos meses en mi memoria son un continuo flashback en el que a mí mismo me cuesta distinguir el reciente del más lejano pasado. No creo que tenga mucha importancia. Ajeno a las modas y hasta el gorro de que en este mundo virtual parezca que lo sucedido anteayer ya no tenga vigencia, soy de los que piensan que en la música lo que realmente merece la pena es atemporal, en la música, en la literatura, en el cine y hasta en las relaciones personales.

El 18 de noviembre en Bilbao hacía un frío de los que no invitan precisamente a salir de casa, pero la razón fundamental por la que viendo al californiano éramos cuatro gatos fue que ese mismo día, a la misma hora y a tan sólo cien metros del mismo lugar Eli “Paperboy” Reed arrastraba a los enteradillos y a todo el que se dejó guiar por sus recomendaciones. Kelley nos reunió a los que tenemos un gusto privilegiado, muy por encima de las modas y lo cool, y no nos atrevemos a recomendarle nada a nadie porque en más de una ocasión nos han llovido palos de descontento. Esta vez hubiéramos acertado, quien quiera que nos hubiera acompañado nos hubiera dado las gracias, un abrazo y se hubiera comprado el último álbum de nuestro protagonista (lo que hicieron prácticamente todos los presentes).
―Que quede constancia de que no tengo nada contra Eli “Paperboy” Reed. Me parece un cantante extraordinario con un gran directo. Es sólo que ese jueves había que elegir y... a mí me gusta arriesgar. Estoy seguro de que quienes vieron a la nueva sensación del soul no se habrán arrepentido de ello. ―

Yo tenía mis reparos. Con seis discos a sus espaldas, "Bellow the branches", el antepenúltimo, y un programa de radio, Islas de Robinson, me pusieron sobre la pista del genio, pero tanto el citado disco como en el siguiente, "Circular sounds", maravillosos los dos (¡que quede bien claro!), me dejaban una rara sensación de que dentro de ellos pudiera haber mucho más de lo que quedó grabado en sus pistas, la idea de que detrás hay un gran compositor que no termina de encontrar la manera de rematar esa gran canción que siempre está a punto de parir y... como no podía ser de otra manera ni en otro momento, en el 2010 son trece las canciones por las que venderían su alma al diablo muchos de los que juegan a ser estrellas del rock de primera división.
Tenía mis reparos porque no había escuchado las trece joyas de su último trabajo y porque, aunque una corazonada me decía que sería especial, no tenía ni la más remota idea de como se las gasta en directo, ni tan siquiera si vendría solo o acompañado. Venía acompañado, ¡y tan acompañado!, seis músicos sobre el escenario y menos de treinta personas debajo (tres mujeres, si quieren jugar a las estadísticas, las tres acompañadas). Guitarras, bajo, batería, saxo, órgano... un genio de la melodía a la voz, una banda haciendo música sin importarles si tienen delante a tres o a trescientas personas. Alguien perdió dinero, pero hay cosas que no se pagan con el vil papel, hay momentos que recordaremos porque, aunque pequeñitos e intrascendentes, se quedan grabados para los que miramos, y vemos, más allá de las apariencias.
Tenía mis reparos, pero como sólo los grandes, demostró que la música está concebida para ser interpretada y disfrutada en directo, mostrándome lo que no lograba ver, el verdadero potencial de las canciones de sus anteriores discos. Respecto a las del último no tenía nada que demostrar: uno de los mejores álbumes de este año, apúntenlo, aunque casi seguro que no aparece en ninguna lista.

El concierto duró menos de una hora, de esas veces que la frase de Baltasar Gracián tiene pleno sentido, porque bueno fue muy bueno y en tan corto pero aprovechado espacio de tiempo dio un repaso a toda la música popular de uno y otro lado del Atlántico. El espíritu de Ray Davies fue sin duda quien más veces se nos apareció (y algo más que el espíritu porque con “Fire escape” te daban ganas de gritar ―“...all day and all of the night!...”), The Beatles vía Lennon, XTC, Love y su "Forever Changes", T-Rex ( “I like I like” es su particular “Get it on”) y los Byrds más psicodélicos (“Baby I got news for you”), Beck (“Keeping the flame”) y The Feelies (esa guitarra y esa base rítmica recordaban la particular interpretación que sólo ellos sabían hacer de The Velvet Underground), añadan a Chuck Prophet (algo más que un colega, que para eso Kelley es el baterista de la banda de su mujer), denle al conjunto un baño de Rock’n’roll (con “Rock and Roll with Me” empezó todo y hasta nos sentimos protagonistas de Pulp Fiction con la instrumental versión de Link Wray que se marcaron) y aderécenlo con power pop del que nos enseñaron Big Star. Y para terminar, lo presentan con la estética indie-desaliñada de quien viene a lo que viene, a cantar (¿se acuerdan de Elliott Smith?).

Espero no haberles puesto los dientes demasiado largos. Que se jodán los que no arriesgaron. A los que perdemos habitualmente, cuando nos sonríe la fortuna disfrutamos el triple.

Un tío que en su día se regrabó por completo el Cocrodiles de Echo & The Bunnymen y que rinde homenaje a Leonard Cohen. ¿Quieren más motivos para rendirse ante sus encantos?


P.D. Como llevaba unos meses desconectado no había reparado en la crónica de la Land. También con los blogs rebobino, pero el Ryan Adams de la blogsfera es tan prolífico... (bueno no tanto últimamente) que no sé si llegaré a tiempo de ponerme al día antes de fin de año.
Cuenta Joserra que Andy Warhol era el único que asistía a los conciertos de The Velvet Underground, esos locos que hacían ruido mediados los sesenta en Nueva York. Si algún día podemos presumir de haber visto a Kelley Stoltz haciendo diabluras en el Azkena de Bilbao, ¿qué se apuestan a que serán más de trescientos los que estuvimos allí?

lunes, 13 de diciembre de 2010

Between the click of the light and the start of the dream

-“Vamos a dejarlo reposar. No puede ser”. Me dije sentado, ausente, al término del show que dieron los canadienses en Madrid. No había bebido lo suficiente como para encontrarme mirando al vacío sin razón física que me atara al lugar. Escribir una crónica en el blog sería una buena excusa para retomar las riendas del mismo, pero... intentar describir lo que acababa de presenciar con palabras, muchas veces manidas palabras, adjetivos vacíos cuando no logran siquiera aproximarse a la intensidad de lo sentido... Palabras, sólo palabras. –“En un par de días se me ha pasado y la perspectiva me hará ver las cosas de otra manera, a fin de cuentas se trata tan -sólo- de ocho músicos haciendo rock, no puede ser para tanto”. Ha pasado casi un mes, el escalofrío continúa y mucho más fríamente lo voy a contar, un poquito más templado, pero muy poquito, que de haberlo hecho a la salida ¿del mejor concierto de rock al que haya asistido como público? Ummm... hace poco más de un año, Leonard Cohen..., pero, Cohen no es de este mundo, Arcade Fire sí lo son, al menos todavía. Curiosamente también proceden de Montreal.

¿Y por qué después de tanto tiempo?
Se lo tenía prometido a quienes no pudieron asistir, y también a algunos que lo hicieron, aunque la razón fundamental no se la van a creer: Estaba esta mañana tomándome un café (y desde aquí le doy las gracias a quien me ha invitado a desayunar) cuando en la TV de la cafetería las noticias recogían la frustración de cientos de estafados, portadores de entradas falsas, que lloraban ante las cámaras no haber podido ver a Lady Gaga en el mismo Palacio de deportes de la Comunidad de Madrid. Las imágenes me han recordado que hace veinticinco días yo deambulaba por ese mismo lugar, les juro por Dios que vestido y maquillado de otra manera.

Un día antes de la cita nos acercamos por los alrededores del Palacio con el propósito de reconocer el lugar. Nos encontramos con unas colas larguísimas y, jugándome mi reputación, serpenteamos entre las variopintas hordas fanáticas de Shakira (te graba la televisión o cualquiera con el móvil y a ver quién se cree eso de “esto no es lo que parece”). Llegué a hacerme la pregunta de si alguno repetiría (creo que ese día sí que había bebido).
El 20 de noviembre el panorama era bien distinto, no en cuanto a las interminables colas, sino a la composición de las mismas. Desde hace meses conseguir una entrada era misión imposible, el lleno estaba asegurado, dieciséis mil almas aullaron, cantaron y se estremecieron como una sola. Pero todo eso sucedería horas después de echarme a la calle con la casi certeza de que no asistiría a un concierto cualquiera.
Cerca de las cuatro de la tarde (la banda subió al escenario sobre las diez) la cantidad de gente que se hacía fuerte junto a los accesos del pabellón ya era preocupante. El ser poseedor de una localidad de grada me dio la tranquilidad de poder disfrutar de un buen vino, o dos, o tres quizás, antes de lo que vendría después. Tres horas más tarde las colas no habían crecido mucho, dentro de mis posibilidades, el mejor de los sitios estaba asegurado.

Me habían hablado muy bien del público de Madrid, pero el comportamiento del mismo y la entrega y comunión con los canadienses no lo había vivido nunca con la intensidad del sábado. Aunque hablar del público de Madrid es relativo: desde que las entradas se venden por internet... junto a mí un madrileño, su novia americana y un amigo mexicano y, delante de ellos, una pareja, ella italiana, él de San Sebastián, pero residentes en Bilbao, servidor de Santoña y quien me acompañaba procedía de Torrelavega. Quizá en las otras colas la Torre de Babel era menos variada, de cualquier manera el mejor público posible para el mejor concierto posible. No exagero. Hacía dos días veintisiete personas disfrutamos del genio de Kelley Stoltz (apúntense el nombre en su agenda de pendientes) en el Azkena Bilbaíno. Mirar a mi alrededor era como sentirme parte del grupo de elegidos que se salvarían del holocausto nuclear, la creme dela creme bilbaína (con infiltrado santoñés), y eso es como decir la creme mundial. El sábado nos habían multiplicado por seiscientos y nos metieron en un polideportivo en el centro de la capital (¡ojo! también multiplicaron por seiscientos el número de imbéciles, en Bilbao sólo había un par de ellos, los hay en todas partes, y el sábado se dedicaron a tirar con cachis al público de la pista, desde las gradas y desde la propia pista).

De los teloneros prefiero no recordar ni el nombre, hubiera dado una fortuna por unos tapones. Queda todo dicho.

Arcade Fire, las diez menos diez del veinte de noviembre de dos mil diez. Estábamos predispuestos a la emoción, los videos del Youtube, las crónicas previas, su fabuloso nuevo álbum... ¡A tomar por el culo con la predisposición! Había que vivirlo, imposible describirlo, el escalofrío que todavía recorre mi espalda no sabe por donde escapar, si a través del vello de mis brazos o presionando las sienes, cada vez que lo recuerdo, cada vez que escucho The Suburbs... Se me nota mucho que cuando lo cuento me suben las pulsaciones y se me dilatan las pupilas. No soy fácil de impresionar, frío como un témpano quien no me conoce es la percepción que puede tener de mí, y cientos y cientos de conciertos han pasado por mi vida como para echarle flores gratuitas y emocionarme con la última sensación de como lo quieran llamar (¿arty-rock?, ja!). Estos tíos son la mejor banda de directo que hay sobre la faz de la tierra y después de hora y cuarenta minutos, después de “Wake Up”, a ver cómo me pongo yo debajo de un escenario y miro con objetividad a quien pise las tablas. Un antes y un después de Arcade Fire: el resumen de quien lleva casi veinticinco años de directos a sus espaldas.

Tengo exactamente la misma sensación que cuando a mis dieciséis adolescentes primaveras acababa de ver a los U2 del "Joshua Tree", en el momento justo. Veintitrés años más tarde lo he vuelto a sentir. Será que muchas cosas en mi vida han comenzado de nuevo, siempre digo que no he cumplido cuarenta, que me quedo con el cero, pero les aseguro que la sensación es real. ¿Quién sabe?, cualquier día me sorprendo a mí mismo y me vuelvo a enamorar.

Bowie, Springsteen, Echo & The Bunnymen y U2, The Velvet Underground más Neil Young. Elijan la mejor época de cada uno de ellos, en el orden que prefieran, ¿añadimos a Blondie? ¿Por qué no? Y hasta Joy Division. Les parece imposible, ¿verdad? Es imposible, son ARCADE FIRE y los hemos visto cuando había que verlos, era el momento. Su recién salido "The Suburbs" es una Puta Obra Maestra que suena hueca después de haber vivido sus canciones en directo. Alguien que ustedes bien conocen dijo a la salida: -“...lo que más me jode de todo esto es que The National se quedan en el número dos, esto es insuperable...” “...en cuatro palabras, Coco tiene esas cuatro palabras: Una Puta Obra Maestra”. Y era el momento porque la próxima vez será en un estadio de fútbol, seguramente demasiado grandes y seguramente asistiremos los del sábado mezclados con muchos del viernes. Era el momento.
¿Predispuestos eh?

¿Se puede comenzar un concierto con “Ready to Start”, “Month of May” (todavía más acelerada en directo), “Neighborhood #2 (Laika)” y “No Cars Go” (sin duda uno de los momentos de la noche, así sentido por el público y muy especialmente por quien esto escribe) sin, a partir de entonces, bajar la tensión? Se puede. Win Butler le cedió el testigo vocal a Régine, una rara mezcla entre Yoko Ono y Bjorjk de la que te enamoras en cuanto se gira alocadamente, y nos dimos un baño de hedonismo con “Haiti” y “Sprawls II”. Se trataba de recobrar fuerzas, bailar para descansar el alma. Y a partir de ahí... Sus tres álbumes fueron casi igual de protagonistas. Diecisiete canciones que hicieron un recorrido desde 2002 hasta 2010, una selección casi perfecta, estudiada para que la tensión no disminuya un ápice, para que tras cien minutos te quedes con ganas de más. Dados los cambios continuos de instrumentos no hay lugar para improvisación pero desde luego derrochan talento y pasión, un tío capaz de correr alrededor del escenario, bajarse del mismo mientras toca el bombo y no perder en ningún momento el compás, posiblemente esté todo estudiado al milímetro pero realmente parece fruto de la euforia y la interacción con el público que alimenta a la banda y viceversa. Te crees que podrían extraer música de cualquier objeto que les pongan delante, y en ocasiones así lo hacen. El propio Butler estaba impresionado con la reacción de una audiencia entregada como pocas veces yo haya visto, claro que, ante una banda tan entregada como pocas veces yo haya visto. De verdad, olvídense de los videos del Youtube.
Y todo desde la modestia y austeridad de recursos. -Sólo- ocho músicos de los que únicamente uno de los violines parece tener propietario en exclusiva, capaces de hacerte sentir un metro por encima del suelo, sin artificios, ni luces, ni pantallas gigantes, únicamente una que proyecta imágenes que se superponen con las de la banda y, en ocasiones, el público, en un muy cuidado montaje lleno de sentido pero que apenas distrae la atención de lo realmente importante: la música.

El precio a pagar por vivir la experiencia desde la pista era el karaoke, todo el mundo coreaba las canciones de principio a fin, y la voz de un Win (expléndido vocalmente) se perdía, se ahogaba, entre los coros de miles de gargantas. Hago memoria y es la primera vez que veo un concierto desde la grada, desde ella se podía apreciar mucho más nítidamente la voz del mayor de los Butler (salvo en las dos primeras canciones, hasta que subieron el volumen desde la mesa) y, a la vez, ver y sentir la emoción de un público entregado desde el primero de los versos. Con un timbre muy parecido al de Neil Young, las maneras de Bruce Springsteen, la clase de David Bowie (cerrar los ojos en “Modern Man” era ver al duque blanco), multiplicando por diez las sensaciones que sus canciones transmiten en el frío estudio de grabación, sacando adelante la empresa, a priori casi imposible, de reproducir y mejorar los arreglos y aumentar la intensidad de tan mimadas piezas. El bajo sonó velvetiano, profundo, perfecto (¡y estábamos en un polideportivo!), echándose sobre sus espaldas al resto de la formación que parecían dejarse llevar por unas pulsaciones que sincronizaban las baterías, piano, teclados, acordeón, violines, guitarras... y el riego sanguíneo de todos los que asistimos. Seguro que cada uno de nosotros echó en falta una u otra canción. “Black mirror”, “Windowsill”, “City with no children”, “Suburban war” o mi favorita “Ocean of noise”, fueron algunas de las ausentes, pero es que de las interpretadas no sobró absolutamente ninguna. No caben todas y sus álbumes son tan buenos que aunque cambies la mitad del setlist siempre estarás escuchando una colección de singles.

“Neighborhood #3 (Power out)” y “Rebellion (lies)”, dos de las mejores canciones de "Funeral", que es lo mismo que decir dos de las mejores canciones de los últimos treinta años cierran el concierto y te hacen mirar con asombro un reloj que ha corrido muchísimo más aprisa que nuestra subjetiva idea del tiempo y el espacio. Caes en la cuenta de que el final está cerca, han tocado más de quince temas y con tal derroche de energía no se puede estar mucho más tiempo encima del escenario. Una última voluntad: si se pudieran elegir dos, sólo dos, canciones para el bis, esas serían “Intervention” y, por supuesto, “Wake Up”. Deseo concedido.
Las luces se encendieron.
El sueño no terminó.

Una hora más tarde los coros parecían no tener fin. En mi cabeza y por las calles de Madrid seguía sonando la música de Arcade Fire, dentro del metro, al doblar cada esquina... Aun sigue haciéndolo.

¿Y la próxima vez? No sé si estaré dispuesto a mezclarme con los fans de Shakira y Lady Gaga. ¿Alguien se acuerda de cómo eran U2 en el 87?