viernes, 29 de abril de 2011

Twilight Hotel - When The Wolves Go Blind

Pasó casi desapercibido (en España, no así en Europa o en su Canadá natal donde ganaron algún que otro premio de esos que ahora Arcade Fire coleccionan), se mereció infinita mejor suerte, no apareció en ninguna lista, al menos que mis ojos escudriñaran, pero... "Highway Prayer" llegó a mis oídos, cayó en mis manos y... se quedó en mi discoteca poniendo banda sonora a parte del ya lejano 2008. Un tesoro escondido cuyo mapa nos pasamos unos a otros confidencialmente, con el celo de quien tiene el privilegio de disfrutar casi en exclusiva de quienes sabemos que difícilmente conquistarán el corazón de las masas, en realidad, deseamos que no sea así.

Pues si "Highway Prayer" fue el álbum gracias al cual conociste al amor de tu vida, "When The Wolves Go Blind" es por el que le pedirías que se case contigo. La primera de las... obras maestras del presente ejercicio. El disco que escuchas y asocias a Antes Ciego Que Sordo, la música que le gusta a Coco, un clásico por estos dominios.

Twilight Hotel son Brandy Zdan y Dave Quanbury. Ambos se hacen cargo de prácticamente todos los instrumentos y ambos cantan, en realidad se pasan el testigo, el protagonismo, sin abusar del formato de dúo vocal que les asociaría irremediablemente a unas cuantas parejas de conocidos y, sin embargo, son las voces, juntas o por separado, lo que les diferencia del resto de grupos que metemos en el saco del “americana”.
Crean un sonido que hace honor a su propio nombre: crepuscular. Penetrante, y delicada, dolorosa a veces, su música a los más avezados les puede remitir a las producciones de T-Bone Burnett, a los menos entendidos quizá les sitúe en mitad del desierto, perdidos en el bosque, haciendo realidad sus sueños en New York, enamorándose de Memphis, recorriendo el barrio antiguo de New Orleans o en la noche que dejamos Nashville, siempre bajo la única luz de la luna en pugna con un sol que se retira sabiéndose perdedor.

Se han mudado a Austin, Texas, contrariamente a lo que fuera lógico pensar, para huir de las raíces americanas, mutar su sonido y contaminarse de mil influencias provenientes del otro lado del océano que nos separa. Un acordeón les acerca al Mediterráneo y a bandas como Devotchka o unos 16 Horsepower menos apocalípticos (“What do I know about love?”), el saxofón de “The darkness” convierte a Brandy en cantante de jazz, y el contrabajo de “Ham radio blues” a Dave en rocker con tupé, pero siempre sin abandonar el desierto, el claroscuro, las guitarras acústicas y las voces que les identifican y les hacen tan especiales. Tan especiales como un día lo fueran los Cowboy Junkies, quizá la referencia más obvia, otros canadienses en cuyas manos no sería difícil imaginar “Frozen town” o “When I’m gone”, piezas deudoras de la voz de Margo Timmins y la cadencia ralentizada que sus hermanos convirtieron en distintivo de clase.

sábado, 23 de abril de 2011

We don’t need nobody else

Nunca he oído ni leído que vivir fuese fácil. Sin embargo, durante un tiempo, creo que demasiado, he gastado mis días con la sensación de que no había por qué preocuparse. En realidad no estaba vivo del todo. Las pequeñas emociones me resultaban tan necesarias como la comida que me mantenía en pie y el café que me apartaba del sueño. Ahí estaba la música, las pequeñas emociones, mi refugio.

Nadie me dijo nunca que la vida pudiera ser tan complicada. Cada obstáculo merece la pena ser saltado. Ya no necesito el café para mantenerme despierto, ni la música para llenar vacíos imposibles. Tengo otro par de razones para seguir saltando pero, para coger impulso cada día sólo necesito a quien desde hace unos meses me hace sentir vivo.
Whipping Boy estuvieron en activo a penas durante diez años, dando a luz tres discos, con el segundo de los cuales, “Heartworm”, me conquistaron. Escucharlos por primera vez (estamos en el año 1995 y creo recordar que fue con nocturnidad y en la radio) fue descubrir que en Irlanda había unos tipos con la rabia contenida de Nirvana y todos los discos de The Velvet Underground. Cuatro años antes “Submarine”, su debut discográfico, le debía mucho más a The Fall y a Joy Division. Cuatro años después, el homónimo “Whipping Boy” puso punto final a su vida como banda, en estudio y encima de un escenario, donde se tenían ganada una merecida reputación. Supongo que la historia de siempre: buenas críticas acompañadas de escaso éxito comercial, una gran casa de discos (cuando aún tenían el poder) que les da la espalda, problemas..., desánimo, quizá falta de ideas...
Dejaron un álbum que todavía me emociona cada vez que le sacudo el polvo.

jueves, 21 de abril de 2011

Marianne Faithfull, Una Cuenta Pendiente.

Teníamos una cuenta pendiente. Por una vez, esta frase tantas veces repetida tenía pleno sentido. El 4 de junio de 2008, quien acababa de protagonizar “Irina Palm” (película que desde aquí les recomiendo) suspendió su actuación en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, me dejó con una entrada cuya impresión se va borrando con el tiempo y sin un recuerdo al que asociarla.
El sábado, en los momentos previos a la actuación de Willie Nile en el Antzokia, era motivo de comentario la cancelación de Marianne Faithfull en Madrid. Con sólo dos fechas señaladas en nuestro país, la marcada para la capital se acababa de frustrar. Una hora y media después, Nile logró que mis temores quedaran relegados a un segundo plano y durante las horas, en realidad los días, posteriores no hubo hueco en mi mente para más músicas que las del neoyorquino de adopción (con el fugaz paréntesis de Martin Stephenson) y un montón de problemas con los que no les voy a castigar.
La mañana del martes, una vez recuperada la conciencia, el miedo volvió a ser protagonista de mis pensamientos, hasta que consultados periódicos y mentideros internautas no encontré indicio alguno de que la historia se fuera a repetir. Tres años después de la que debería haber sido nuestra primera vez (y hablo en plural porque mi acompañante también tenía entrada entonces), cambiábamos la fila 1 por la 2, la decepción por la emoción y la mala leche por los nervios, ese cosquilleo que sólo se siente en las ocasiones especiales. Todavía me duele el pellizco con el que me traté de despertar en el momento que se apagaron las luces de la sala.

La banda toma puestos sobre las tablas. Empiezan a sonar las primeras notas de “Horses & high heels”, la canción que da título a su último trabajo, la que ha devuelto a nuestra protagonista al mundo de la composición (su anterior "Easy Come, Easy Go" era íntegramente de versiones); momentos más tarde aparece en escena Marianne Faithfull, la ovación se la pueden imaginar, las entradas estaban agotadas desde hacía tiempo y nadie parece haber venido a ver qué pasa. Frente a nosotros: un mito, una voz, una superviviente. Conserva esa belleza difícil de marchitar pero su aspecto físico no es bueno, se mueve con torpeza, comienza a cantar y su voz..., ¿alguien ha escuchado sus grabaciones de los 60’s, esa voz ingenua, inocente, esa carita de ángel? Se ha castigado, ha sobrevivido a mil y un excesos para transformarse en su versión actual, ronca, maltratada, su mejor versión, la voz que penetra y baila en tu interior en una orgía de graves, a la que ni siquiera la inoportuna tos es capaz de restar un ápice de encanto.

Sus últimas entregas protagonizan la primera parte del concierto. Perfecto: sus años de madurez son sinónimo de calidad, "Before The Poison", "Easy Come, Easy Go" y "Horses & High Heels" se encuentran entre lo mejor de su discografía. Si algo caracteriza a quien en su día volvió locos a los Stones es que siempre ha sabido rodearse de la gente adecuada para beneficio de su música, que no siempre de su vida personal, y, además, tiene un gusto exquisito para elegir las versiones, con quien trabajar codo a codo en la composición (Nick Cave, PJ Harvey, Jon Brion, Beck, Dave Stewart, Daniel Lanois...) y a sus escuderos sobre el escenario, ¿o no es Pettibone el guitarrista que debió haberse traído Lucinda Williams? No podría ser otro, Doug se ha implicado en el nuevo álbum componiendo a medias varios temas y su guitarra comparte protagonismo a la hora de dirigir nuestras miradas. La banda la completan un extraordinario Rory McFarlane al bajo y contrabajo, Martyn Barrer a la batería y Kate St. John, multiinstrumentista y contrapunto perfecto a la voz (también culpable de españolizar “bouna sera”). Cuatro músicos, una leyenda y decenas de espíritus, del presente y del pasado: el de Buddy Holly, a quien la propia Marianne nos presentó antes de interpretar “The crane wife 3”, el original de The Decemberists que grabara junto a su adorado Nick Cave, cuyo fantasma también estuvo presente como autor de “There is a ghost”; el de Mark Lannegan (las canciones del americano son perfectas para su voz), el de Carole King (impagable la versión de “Goin’ back”); el de Allen Toussaint (“Back in baby’s arms”); incluso el del ex-Pink Floyd Roger Waters (“Incarceration of a flower child”) y, entre todos, por supuesto, los de The Rolling Stones. De Keith Richards se acordó al introducir “Sing me back home”, la canción de Merle Hagard que nos confesó haber escuchado por primera vez retozando en el campo con las guitarras de su entonces novio y su inseparable Gram Parsons, hace ya mucho, mucho, muchísimo tiempo; del resto nos acordamos todos los presentes en el momento que supuso el punto de inflexión del concierto, cuando sus labios pronunciaron dos palabras: “Sister Morphine”, dramática, siempre tendremos dudas acerca del verdadero autor de sus versos pero no de quien se deja el alma al interpretarlos. Sin margen de recuperación, enciende un cigarrillo, parece un gesto de desobediencia civil pero cada calada es un gesto necesario para interpretar una canción que no te imaginas sin el olor de la nicotina: “Broken English”, despojada de la producción de aquellos años (1979) y elevada hasta cotas de épica sincera que hoy en día sólo son capaces de conseguir Arcade Fire o The National, ¿creen que exagero? Regresamos a 1964, Jagger y Richards acaban de componer una balada con la que no saben muy bien que hacer, se la regalan a una jovencita a la que todos se quieren tirar, “As tears go by”; volvemos a 2011, ella nos la regala a nosotros, la versión es mucho más cruda, el tiempo le ha sentado muy bien. Las buenas canciones no tienen dueño ni tiempo, ¿a quién creen que pertenece “Working class hero”? Lennon estaría orgulloso de la rabiosa interpretación de una Faithfull que acaba con el puño en alto y mira al patio preguntándose si nosotros compartimos el sentimiento. La banda se está luciendo, ella se deja arrastrar y se entrega, tiene dificultades para andar, incluso para sentarse, en la cercanía sus 64 años se adivinan tras una figura mucho menos intimidatoria que la mostrada en las fotos que conocemos de discos y entrevistas, cantando es otra cosa, su voz y su actitud ponen en pie al teatro.

Nadie es consciente del tiempo transcurrido, no nos hemos atrevido a mirar el reloj hasta la hora de los bises. Pettibone agarra su acústica, “The Ballad of Lucy Jordan” era el clásico que faltaba antes de que, con una delicada joya compuesta por Tom Waits y Kathleen Brennan, “Strange Weather”, ponga el broche final.
Marianne Faithfull ha dado un repaso a su discografía y a toda la música creada desde hace cincuenta años. Nos ha dado un repaso. Me sigo pellizcando.


P.D. Alfonso tenía razón. “Vagabond Ways” fue producido y en parte co-escrito por Daniel Lanois. Un año más tarde “Wrecking Ball” de Emmylou Harris corrió la misma suerte. ¡Ah! y Kate St. John tiene 53 años, aunque desde la segunda fila nadie le echaría más de 35. Conversaciones con preguntas en el aire que siempre quedan después de una buena charla post-concierto, la que sin querer nos permitió ver de cerca a nuestra diva. Un mercedes esperaba a la salida del teatro y unas treinta personas, como si de la alfombra roja de los Oscars se tratara, esperaron pacientemente poder saludar y obtener un autógrafo sobre la portada del vinilo de su obra más conocida. Una muy amable Marianne Faithfull se detuvo y les recompensó por su paciencia y devoción.
Gracias Marianne.


Foto firma: Alfonso Martinez Pla

miércoles, 20 de abril de 2011

King of Love

Ni el corazón sabe de razones ni la razón de sentimientos.
Él sabe que ha tomado la decisión correcta, todos los que de verdad lo conocemos sabemos que no era lo que le dictaba el corazón.
Me llamaba “The king of pop”, por motivos que me guardo lo ha cambiado desde hace sólo unos días por “The king of love”. Caprichos de mi memoria: reconstruye el pasado con canciones y con 20 años, hace 20 años, el debut de Energy Orchard era el álbum que más tiempo pasaba encima de mi giradiscos. Tenía una canción, la que cerraba la cara A, de título “King of love”.

Soy tan caprichoso como mi memoria y a partir de ahora cada vez que suenen mis irlandeses favoritos me acordaré de quien un día fue mi compañero de trabajo, de quien siempre será mi amigo, del concierto de madrugada de Antony & The Johnsons en San Sebastián, de lo grande que nos pareció Tony Joe White, del volumen atronador de la gira de despedida de los Surfin’ Bichos, de que Lou Reed no hace concesiones, de la clase de un "desconocido" John Hiatt y el placer de conocer a Ruper Ordorika, de Eric Burdon... y de un centenar de historias que no vamos a contar a nadie más (porque la cerveza las ha borrado, no sería capaz de guardarselas para sí).

Déjaré de hablar en tercera persona.
Creo habértelo dicho: No me sirve de consuelo. Tan sólo deseo que un poquito de lo vivido juntos se vaya contigo, ten la certeza de que parte de ti se queda, para siempre, en el trabajo, en la ciudad, entre nosotros, conmigo. De verdad creo que los dos seríamos peores personas si nunca nos hubiésemos conocido.

UN ABRAZO! El que no me he atrevido a darte esta mañana porque no quería aceptar que era la última vez que salíamos juntos de un trabajo compartido desde hace casi 12 años.

P.D. Desde 1996 Energy Orchard no existen como banda. Su líder Bap Kennedy emprendió una carrera en solitario que llega hasta nuestros días en la que la Irlanda de Van Morrison perdió protagonismo en favor de los Estados Unidos de Steve Earle. Denle una oportunidad. No se arrepentirán.

viernes, 15 de abril de 2011

Martin Stephenson - Sala BBK, Bilbao 3 de abril.

Me ocurre a menudo: Entre mis artistas favoritos hay un buen puñado de los que nunca me acuerdo. Están ahí, pero son lo suficientemente discretos como para no reclamar el protagonismo que en justicia se merecen, la misma discreción que les hace doblemente encantadores, exclusivos para paladares exquisitos (aunque no esté bien que yo lo diga).

Martin Stephenson tuvo sus días de gloria. Fue metido en el mismo saco que todos los que, cuando al mover el árbol de las islas británicas, caían maduros a pesar de su juventud, rebosantes de sensibilidad y buenas canciones. Compartieron la década de los 80’s, escenarios y seguidores con Prefab Sprout, Aztec Camera, Lloyd Cole & The Commotions o The Lilac Time, y debutaron como Martin Stephenson & The Daintees con un álbum que debería figurar en todas las guías y discotecas que se precien de buen gusto. Un álbum del que nunca te acuerdas hasta que te lo encuentras en la segunda fila de la estantería donde guardas el caviar, "Boat To Bolivia", una Puta Obra Maestra. A éste le siguieron otras tres maravillas: "Gladsome, Humour & Blue", "Salutation Road" y "The Boy's Heart" antes de disolver a The Daintees y continuar una larga carrera en solitario, por entonces ya, segun sus propias palabras, apartado del alcohol, de la religión y de la industria tal y como funcionaba hasta no hace muchos años.

Y lo tenía semi-olvidado hasta que aparece en la lista de conciertos para el mes de abril de la sala BBK de Bilbao, dos días antes que Marianne Faithfull en el mismo lugar, un día después de que Willie Nile hiciera lo propio a trescientos metros, curiosamente, aunque con circunstancias completamente diferentes, con trayectorias casi opuestas, los tres encajan en la definición de “casi tocó el cielo, lo dejó escapar, y regresó para no dejar nunca de tocar, esta vez sobre los escenarios y con los pies siempre cerquita de la tierra”.

El domingo día 3 era día de resaca de música y de emociones, tras Willie Nile y de muchas más cosas que hacían difícil poder disfrutar de un concierto, pero tenía la entrada en el bolsillo y una hora de camino no era excusa para faltar a la cita. El tipo que aparece en la portada de muchos de sus discos, mucho más alto y fuerte de lo que me imaginaba (quizá también porque después de Willie Nile...) vino solo con su acústica. Demostró ser un extraordinario guitarrista y a penas hizo concesiones a quienes habíamos crecido escuchando, casi en secreto, sus primeros discos. Sólo en tres ocasiones (al menos que yo pudiera reconocer) se acordó de los éxitos que durante sus primeros diez años de carrera le colocaban una estrella sobre la puerta de su camerino: “Crocodile cryer”, “Salutation road” y una aclamada “Little red bottle”.

Con una historia sucedida hace 17 años, pero musicada hace apenas 6 meses, recorrimos las calles de San Sebastián, las mismas por las que yo caminaba el día anterior, y pensé en la conexión existente entonces entre todas estas bandas y nuestro país. Entonces hubiera sido muy distinto encontrarse frente a Martin Stephenson, entonces hubiera tenido a los Daintees con él y nosotros todavía mucha música por descubrir. Esta vez vino él solo, con su guitarra (cuya conexión con el ampli no dejo de darle problemas), con una sonrisa que no perdió durante todo el concierto y con toneladas de buen humor (ni una sola de las canciones fue ejecutada, sin ser interrumpida por alguno de sus chistes o comentarios) que muchas veces te hacían dudar si sobre las tablas había un cantante o un humorista. Yo no tenía el cuerpo para muchas tonterías. Lo siento, quizá en otro momento... lo hubiera podido disfrutar.
Lo mejor de todo: Una excusa para desempolvar sus cuatro primeros discos. Mereció la pena.

Él no dejaba de mirar al cielo. Yo no dejé de mirar atrás. Hubo un tiempo en que una estrella lucía en la puerta de su camerino.


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lunes, 4 de abril de 2011

Willie Nile – Kafe Antzokia (2-abril-2011)

Willie Nile es de esos artistas a los que nos aferramos y, que por jugar en la segunda división del estúpido mundo de la popularidad, queremos y recomendamos con mucha más pasión. "Beautiful Wreck of The World" me lo descubrió casi por casualidad y no terminaba de comprender el por qué, escuchado surco a surco, este tío no se había devorado el mismo pedazo de tarta que Bruce Springsteen y luego lees que un día, tal y como le sucediera a Elliott Murphy, lo tuvo al alcance de sus manos. Había reservado lo mejor para ofrecérnoslo en plena madurez, no cabía otra explicación tras escuchar "Streets of New York". Desde entonces, Willie es más que un cantante “maldito”, un músico especial, uno de los nuestros. Poca gente llegará nunca a entender por qué determinados discos, a veces sólo canciones, pueden influir en nuestras vidas. Supongo que somos unos bichos raros y tampoco se trata de que nadie nos entienda. Tenemos la fortuna de emocionarnos más allá de lo racional con cuatro acordes y un montón de versos, tenemos la fortuna de tener a Willie Nile, hemos tenido la fortuna de verlo en Bilbao.
Y precisamente gracias a ese injusto discurrir del mundo, pudimos disfrutarlo en una pequeña sala, en el Kafe Antzokia. No tengo ni idea de cuanta gente había presente, desde mi temprana entrada apenas me giré de la primera fila más que para saludar a Rodri, familia y cia, se oían murmullos a mi espalda, hacía calor, se corearon con verdadera pasión algunos temas, supongo que el local estaba lleno pero no me giré hasta que parte de los asistentes ya habían empujado las puertas. En un estadio de fútbol o un pabellón de deportes es donde sus canciones le deberían situar si los miles de descerebrados que se matan por una entrada de determinados artistas supieran que unos cuantos que yo me sé venderían su piel (el alma quizá haga algún tiempo que la perdieron) al diablo por componer cualquiera de los surcos que graban sus tres últimas entregas.

No soy de la opinión de Joserra respecto a su trilogía final (en realidad respecto a su último álbum), creo que "Streets of New York" es una obra maestra a la altura de los clásicos de la historia del rock, que "House of a Thousand Guitars" fue sin duda uno de los mejores discos del 2009, una jodida obra de arte pero lejos de su antecesor, sin embargo, "The Innocent Ones" es (que no se me mosquee nadie) un poquito menor, a pesar de que “One Guitar”, “The Innocent Ones” (la canción) o “Singin’ Bell” funcionan en directo a las mil maravillas, bueno, eso y que ayer, la que elegí para mi recopilatorio de canciones del año pasado y a la que tengo un cariño especial, me puso la carne de gallina (“...the fame is not good, money is OK but fama is not good, ¿cómo se dice fame? ¿fama?..., ok: “Rich & Broken”). Pero... le dijo al capo de Rock&Rodri que tiene casi grabado un nuevo disco y que está incluso asustado de lo bueno que es, -“I’m on a roll”, le confesó a quien le acababa de enseñar un single de 1980, que contiene mucho más que dos canciones, gracias al cual estaba entre nosotros un chaval de 14 años.

¿Hablamos del concierto?
Necesitaba un buen concierto de rock tanto como mucha gente (a la que os dejo poner nombre y cara) un buen polvo. Y Willie me dejó absolutamente satisfecho. Desde hace unos años no ha dejado de tocar en España, pero se ha resistido a pisar suelo cántabro tanto como vasco... se me escapaba y por fin, ¡por fin! ¡Menudo polvazo!
Willie no canta, siente, vomita las canciones. Un animal de escenario, a la altura de... déjenme pensarlo un rato. Desde la inicial “Run”, desde que señala las venas de sus brazos para cantar el primer verso, queda disipada cualquier duda de lo que veníamos a ver. Porque una cosa es tener tres discos cojonudos y otra bien distinta meterte dentro el veneno que hay en ellos, verso a verso, encontrarte de frente con un poeta, vestido de negro riguroso, con un pelo imposible y una edad incierta, que se mueve muchas veces como si estuviera bailando sevillanas y que siempre te hace sentir veinte años más joven (bueno, sólo a los que el carnet de identidad nos lo permita). Bruce Springsteen, Elliott Murphy, Tom Petty... no hay muchos más. Un poeta que encontró en la música la mejor forma de trasmitir sus emociones.
Sin tiempo para tomar aliento, en un “setlist” confeccionado en parte sobre la marcha, le dedica “She's so cold” a los Rolling Stones. ¡Olé sus huevos!, ellos le roban la canción, él se la dedica y si hubieran asistido a su interpretación en directo, por primera vez para Willie Nile en Bilbao, le devolverían todo el dinero que han ganado con los royalties, -“She's so, she's so, she's so, she's so cold”, cantábamos en el primer himno de la noche. Y a partir de ahí, ya podía haber tocado lo que quisiera; a mí se me escapó “Vagabond Moon” pero le perdono porque “On The Road To Calvary” la tenía pendiente desde hace quince años, y faltaron algunos momentos más íntimos (“Back Home” fue la más solicitada) pero es que no se trajo su acústica y... y no hay nada que objetar cuando suenan “Give Me tomorrow”, “Love is a train”, “Heaven help the lonely”, “Hard times in America” y... y Buddy Holly, Los Ramones, The Clash y Jim Carroll cantando “People Who Died” como si fuera la última y la última vez.
“Cell Phones Ringing (In the pockets of the dead)” se vive diferente cuando su autor te cuenta como la compuso el día que abrió el periódico y se encontró con la noticia del 11-M de Madrid. Dedicó la canción a todas las victimas del terrorismo, a las pasadas y a las futuras y, de verdad, los teléfonos de los muertos sonaban en tu cabeza y se mezclaban con la rabia y las ganas de saltar que te provocan la canción. El reggae de “When Who Stands”, compuesta junto a su batería Frankie Lee, le sirvió de coartada para bromear sobre su peinado y sonó como los Wailers haciendo la banda sonora de “El bueno, el feo y el malo”. Pero el momento, el momento del concierto, fue la interpretación al piano de “Streets of New York”, sólo comparable (no exagero) a la que me produjo Mike Scott y su “Old England” en el Arriaga. Inolvidable.

Jimmy Hendrix tocó toda la noche en la casa de las mil guitarras, cuando el reloj marco las 12 Robert Johnson cantó en la casa de las mil guitarras, podéis oír a Dylan y los Rolling Stones en la casa de las mil guitarras, el viejo Hank, John Lennon, Muddy Waters, John Lee Hooker, todos habitan en la casa de las mil guitarras, cuenta el sueño que tuvo Willie titulado “House of a Thousand Guitars”. Ayer todos estuvieron presentes, ayer hasta casi la una de la madrugada el Antzokia bilbaíno se convirtió en la casa de las mil guitarras.

Después no me atreví a nada. Yo soy así. Le podía haber saludado porque se mostró accesible, amable y cercano. Firmó un millón de discos y quedó fascinado de la historia de amor que con el single español de “Sing Me a Song” le contaba un tal Joserra antes de presentarle a su mujer. Prometió volver.