viernes, 17 de diciembre de 2010

Kelley Stoltz – Sólo para soñadores

Después de tanto tiempo alejado del mundo de los blogs, de internet, y casi del resto de los mortales, de repente, siento la necesidad de contar cosas que he descubierto y vivido a lo largo de un periodo en el que bastante tenía con poner orden en mi mundo particular. Tras Arcade Fire la cinta sigue rebobinando y, todavía un poquito antes en el tiempo, se me presenta el concierto que Kelley Stoltz dio en la sala Azkena de la ilustre Villa de Bilbao. Los dos últimos meses en mi memoria son un continuo flashback en el que a mí mismo me cuesta distinguir el reciente del más lejano pasado. No creo que tenga mucha importancia. Ajeno a las modas y hasta el gorro de que en este mundo virtual parezca que lo sucedido anteayer ya no tenga vigencia, soy de los que piensan que en la música lo que realmente merece la pena es atemporal, en la música, en la literatura, en el cine y hasta en las relaciones personales.

El 18 de noviembre en Bilbao hacía un frío de los que no invitan precisamente a salir de casa, pero la razón fundamental por la que viendo al californiano éramos cuatro gatos fue que ese mismo día, a la misma hora y a tan sólo cien metros del mismo lugar Eli “Paperboy” Reed arrastraba a los enteradillos y a todo el que se dejó guiar por sus recomendaciones. Kelley nos reunió a los que tenemos un gusto privilegiado, muy por encima de las modas y lo cool, y no nos atrevemos a recomendarle nada a nadie porque en más de una ocasión nos han llovido palos de descontento. Esta vez hubiéramos acertado, quien quiera que nos hubiera acompañado nos hubiera dado las gracias, un abrazo y se hubiera comprado el último álbum de nuestro protagonista (lo que hicieron prácticamente todos los presentes).
―Que quede constancia de que no tengo nada contra Eli “Paperboy” Reed. Me parece un cantante extraordinario con un gran directo. Es sólo que ese jueves había que elegir y... a mí me gusta arriesgar. Estoy seguro de que quienes vieron a la nueva sensación del soul no se habrán arrepentido de ello. ―

Yo tenía mis reparos. Con seis discos a sus espaldas, "Bellow the branches", el antepenúltimo, y un programa de radio, Islas de Robinson, me pusieron sobre la pista del genio, pero tanto el citado disco como en el siguiente, "Circular sounds", maravillosos los dos (¡que quede bien claro!), me dejaban una rara sensación de que dentro de ellos pudiera haber mucho más de lo que quedó grabado en sus pistas, la idea de que detrás hay un gran compositor que no termina de encontrar la manera de rematar esa gran canción que siempre está a punto de parir y... como no podía ser de otra manera ni en otro momento, en el 2010 son trece las canciones por las que venderían su alma al diablo muchos de los que juegan a ser estrellas del rock de primera división.
Tenía mis reparos porque no había escuchado las trece joyas de su último trabajo y porque, aunque una corazonada me decía que sería especial, no tenía ni la más remota idea de como se las gasta en directo, ni tan siquiera si vendría solo o acompañado. Venía acompañado, ¡y tan acompañado!, seis músicos sobre el escenario y menos de treinta personas debajo (tres mujeres, si quieren jugar a las estadísticas, las tres acompañadas). Guitarras, bajo, batería, saxo, órgano... un genio de la melodía a la voz, una banda haciendo música sin importarles si tienen delante a tres o a trescientas personas. Alguien perdió dinero, pero hay cosas que no se pagan con el vil papel, hay momentos que recordaremos porque, aunque pequeñitos e intrascendentes, se quedan grabados para los que miramos, y vemos, más allá de las apariencias.
Tenía mis reparos, pero como sólo los grandes, demostró que la música está concebida para ser interpretada y disfrutada en directo, mostrándome lo que no lograba ver, el verdadero potencial de las canciones de sus anteriores discos. Respecto a las del último no tenía nada que demostrar: uno de los mejores álbumes de este año, apúntenlo, aunque casi seguro que no aparece en ninguna lista.

El concierto duró menos de una hora, de esas veces que la frase de Baltasar Gracián tiene pleno sentido, porque bueno fue muy bueno y en tan corto pero aprovechado espacio de tiempo dio un repaso a toda la música popular de uno y otro lado del Atlántico. El espíritu de Ray Davies fue sin duda quien más veces se nos apareció (y algo más que el espíritu porque con “Fire escape” te daban ganas de gritar ―“...all day and all of the night!...”), The Beatles vía Lennon, XTC, Love y su "Forever Changes", T-Rex ( “I like I like” es su particular “Get it on”) y los Byrds más psicodélicos (“Baby I got news for you”), Beck (“Keeping the flame”) y The Feelies (esa guitarra y esa base rítmica recordaban la particular interpretación que sólo ellos sabían hacer de The Velvet Underground), añadan a Chuck Prophet (algo más que un colega, que para eso Kelley es el baterista de la banda de su mujer), denle al conjunto un baño de Rock’n’roll (con “Rock and Roll with Me” empezó todo y hasta nos sentimos protagonistas de Pulp Fiction con la instrumental versión de Link Wray que se marcaron) y aderécenlo con power pop del que nos enseñaron Big Star. Y para terminar, lo presentan con la estética indie-desaliñada de quien viene a lo que viene, a cantar (¿se acuerdan de Elliott Smith?).

Espero no haberles puesto los dientes demasiado largos. Que se jodán los que no arriesgaron. A los que perdemos habitualmente, cuando nos sonríe la fortuna disfrutamos el triple.

Un tío que en su día se regrabó por completo el Cocrodiles de Echo & The Bunnymen y que rinde homenaje a Leonard Cohen. ¿Quieren más motivos para rendirse ante sus encantos?


P.D. Como llevaba unos meses desconectado no había reparado en la crónica de la Land. También con los blogs rebobino, pero el Ryan Adams de la blogsfera es tan prolífico... (bueno no tanto últimamente) que no sé si llegaré a tiempo de ponerme al día antes de fin de año.
Cuenta Joserra que Andy Warhol era el único que asistía a los conciertos de The Velvet Underground, esos locos que hacían ruido mediados los sesenta en Nueva York. Si algún día podemos presumir de haber visto a Kelley Stoltz haciendo diabluras en el Azkena de Bilbao, ¿qué se apuestan a que serán más de trescientos los que estuvimos allí?

lunes, 13 de diciembre de 2010

Between the click of the light and the start of the dream

-“Vamos a dejarlo reposar. No puede ser”. Me dije sentado, ausente, al término del show que dieron los canadienses en Madrid. No había bebido lo suficiente como para encontrarme mirando al vacío sin razón física que me atara al lugar. Escribir una crónica en el blog sería una buena excusa para retomar las riendas del mismo, pero... intentar describir lo que acababa de presenciar con palabras, muchas veces manidas palabras, adjetivos vacíos cuando no logran siquiera aproximarse a la intensidad de lo sentido... Palabras, sólo palabras. –“En un par de días se me ha pasado y la perspectiva me hará ver las cosas de otra manera, a fin de cuentas se trata tan -sólo- de ocho músicos haciendo rock, no puede ser para tanto”. Ha pasado casi un mes, el escalofrío continúa y mucho más fríamente lo voy a contar, un poquito más templado, pero muy poquito, que de haberlo hecho a la salida ¿del mejor concierto de rock al que haya asistido como público? Ummm... hace poco más de un año, Leonard Cohen..., pero, Cohen no es de este mundo, Arcade Fire sí lo son, al menos todavía. Curiosamente también proceden de Montreal.

¿Y por qué después de tanto tiempo?
Se lo tenía prometido a quienes no pudieron asistir, y también a algunos que lo hicieron, aunque la razón fundamental no se la van a creer: Estaba esta mañana tomándome un café (y desde aquí le doy las gracias a quien me ha invitado a desayunar) cuando en la TV de la cafetería las noticias recogían la frustración de cientos de estafados, portadores de entradas falsas, que lloraban ante las cámaras no haber podido ver a Lady Gaga en el mismo Palacio de deportes de la Comunidad de Madrid. Las imágenes me han recordado que hace veinticinco días yo deambulaba por ese mismo lugar, les juro por Dios que vestido y maquillado de otra manera.

Un día antes de la cita nos acercamos por los alrededores del Palacio con el propósito de reconocer el lugar. Nos encontramos con unas colas larguísimas y, jugándome mi reputación, serpenteamos entre las variopintas hordas fanáticas de Shakira (te graba la televisión o cualquiera con el móvil y a ver quién se cree eso de “esto no es lo que parece”). Llegué a hacerme la pregunta de si alguno repetiría (creo que ese día sí que había bebido).
El 20 de noviembre el panorama era bien distinto, no en cuanto a las interminables colas, sino a la composición de las mismas. Desde hace meses conseguir una entrada era misión imposible, el lleno estaba asegurado, dieciséis mil almas aullaron, cantaron y se estremecieron como una sola. Pero todo eso sucedería horas después de echarme a la calle con la casi certeza de que no asistiría a un concierto cualquiera.
Cerca de las cuatro de la tarde (la banda subió al escenario sobre las diez) la cantidad de gente que se hacía fuerte junto a los accesos del pabellón ya era preocupante. El ser poseedor de una localidad de grada me dio la tranquilidad de poder disfrutar de un buen vino, o dos, o tres quizás, antes de lo que vendría después. Tres horas más tarde las colas no habían crecido mucho, dentro de mis posibilidades, el mejor de los sitios estaba asegurado.

Me habían hablado muy bien del público de Madrid, pero el comportamiento del mismo y la entrega y comunión con los canadienses no lo había vivido nunca con la intensidad del sábado. Aunque hablar del público de Madrid es relativo: desde que las entradas se venden por internet... junto a mí un madrileño, su novia americana y un amigo mexicano y, delante de ellos, una pareja, ella italiana, él de San Sebastián, pero residentes en Bilbao, servidor de Santoña y quien me acompañaba procedía de Torrelavega. Quizá en las otras colas la Torre de Babel era menos variada, de cualquier manera el mejor público posible para el mejor concierto posible. No exagero. Hacía dos días veintisiete personas disfrutamos del genio de Kelley Stoltz (apúntense el nombre en su agenda de pendientes) en el Azkena Bilbaíno. Mirar a mi alrededor era como sentirme parte del grupo de elegidos que se salvarían del holocausto nuclear, la creme dela creme bilbaína (con infiltrado santoñés), y eso es como decir la creme mundial. El sábado nos habían multiplicado por seiscientos y nos metieron en un polideportivo en el centro de la capital (¡ojo! también multiplicaron por seiscientos el número de imbéciles, en Bilbao sólo había un par de ellos, los hay en todas partes, y el sábado se dedicaron a tirar con cachis al público de la pista, desde las gradas y desde la propia pista).

De los teloneros prefiero no recordar ni el nombre, hubiera dado una fortuna por unos tapones. Queda todo dicho.

Arcade Fire, las diez menos diez del veinte de noviembre de dos mil diez. Estábamos predispuestos a la emoción, los videos del Youtube, las crónicas previas, su fabuloso nuevo álbum... ¡A tomar por el culo con la predisposición! Había que vivirlo, imposible describirlo, el escalofrío que todavía recorre mi espalda no sabe por donde escapar, si a través del vello de mis brazos o presionando las sienes, cada vez que lo recuerdo, cada vez que escucho The Suburbs... Se me nota mucho que cuando lo cuento me suben las pulsaciones y se me dilatan las pupilas. No soy fácil de impresionar, frío como un témpano quien no me conoce es la percepción que puede tener de mí, y cientos y cientos de conciertos han pasado por mi vida como para echarle flores gratuitas y emocionarme con la última sensación de como lo quieran llamar (¿arty-rock?, ja!). Estos tíos son la mejor banda de directo que hay sobre la faz de la tierra y después de hora y cuarenta minutos, después de “Wake Up”, a ver cómo me pongo yo debajo de un escenario y miro con objetividad a quien pise las tablas. Un antes y un después de Arcade Fire: el resumen de quien lleva casi veinticinco años de directos a sus espaldas.

Tengo exactamente la misma sensación que cuando a mis dieciséis adolescentes primaveras acababa de ver a los U2 del "Joshua Tree", en el momento justo. Veintitrés años más tarde lo he vuelto a sentir. Será que muchas cosas en mi vida han comenzado de nuevo, siempre digo que no he cumplido cuarenta, que me quedo con el cero, pero les aseguro que la sensación es real. ¿Quién sabe?, cualquier día me sorprendo a mí mismo y me vuelvo a enamorar.

Bowie, Springsteen, Echo & The Bunnymen y U2, The Velvet Underground más Neil Young. Elijan la mejor época de cada uno de ellos, en el orden que prefieran, ¿añadimos a Blondie? ¿Por qué no? Y hasta Joy Division. Les parece imposible, ¿verdad? Es imposible, son ARCADE FIRE y los hemos visto cuando había que verlos, era el momento. Su recién salido "The Suburbs" es una Puta Obra Maestra que suena hueca después de haber vivido sus canciones en directo. Alguien que ustedes bien conocen dijo a la salida: -“...lo que más me jode de todo esto es que The National se quedan en el número dos, esto es insuperable...” “...en cuatro palabras, Coco tiene esas cuatro palabras: Una Puta Obra Maestra”. Y era el momento porque la próxima vez será en un estadio de fútbol, seguramente demasiado grandes y seguramente asistiremos los del sábado mezclados con muchos del viernes. Era el momento.
¿Predispuestos eh?

¿Se puede comenzar un concierto con “Ready to Start”, “Month of May” (todavía más acelerada en directo), “Neighborhood #2 (Laika)” y “No Cars Go” (sin duda uno de los momentos de la noche, así sentido por el público y muy especialmente por quien esto escribe) sin, a partir de entonces, bajar la tensión? Se puede. Win Butler le cedió el testigo vocal a Régine, una rara mezcla entre Yoko Ono y Bjorjk de la que te enamoras en cuanto se gira alocadamente, y nos dimos un baño de hedonismo con “Haiti” y “Sprawls II”. Se trataba de recobrar fuerzas, bailar para descansar el alma. Y a partir de ahí... Sus tres álbumes fueron casi igual de protagonistas. Diecisiete canciones que hicieron un recorrido desde 2002 hasta 2010, una selección casi perfecta, estudiada para que la tensión no disminuya un ápice, para que tras cien minutos te quedes con ganas de más. Dados los cambios continuos de instrumentos no hay lugar para improvisación pero desde luego derrochan talento y pasión, un tío capaz de correr alrededor del escenario, bajarse del mismo mientras toca el bombo y no perder en ningún momento el compás, posiblemente esté todo estudiado al milímetro pero realmente parece fruto de la euforia y la interacción con el público que alimenta a la banda y viceversa. Te crees que podrían extraer música de cualquier objeto que les pongan delante, y en ocasiones así lo hacen. El propio Butler estaba impresionado con la reacción de una audiencia entregada como pocas veces yo haya visto, claro que, ante una banda tan entregada como pocas veces yo haya visto. De verdad, olvídense de los videos del Youtube.
Y todo desde la modestia y austeridad de recursos. -Sólo- ocho músicos de los que únicamente uno de los violines parece tener propietario en exclusiva, capaces de hacerte sentir un metro por encima del suelo, sin artificios, ni luces, ni pantallas gigantes, únicamente una que proyecta imágenes que se superponen con las de la banda y, en ocasiones, el público, en un muy cuidado montaje lleno de sentido pero que apenas distrae la atención de lo realmente importante: la música.

El precio a pagar por vivir la experiencia desde la pista era el karaoke, todo el mundo coreaba las canciones de principio a fin, y la voz de un Win (expléndido vocalmente) se perdía, se ahogaba, entre los coros de miles de gargantas. Hago memoria y es la primera vez que veo un concierto desde la grada, desde ella se podía apreciar mucho más nítidamente la voz del mayor de los Butler (salvo en las dos primeras canciones, hasta que subieron el volumen desde la mesa) y, a la vez, ver y sentir la emoción de un público entregado desde el primero de los versos. Con un timbre muy parecido al de Neil Young, las maneras de Bruce Springsteen, la clase de David Bowie (cerrar los ojos en “Modern Man” era ver al duque blanco), multiplicando por diez las sensaciones que sus canciones transmiten en el frío estudio de grabación, sacando adelante la empresa, a priori casi imposible, de reproducir y mejorar los arreglos y aumentar la intensidad de tan mimadas piezas. El bajo sonó velvetiano, profundo, perfecto (¡y estábamos en un polideportivo!), echándose sobre sus espaldas al resto de la formación que parecían dejarse llevar por unas pulsaciones que sincronizaban las baterías, piano, teclados, acordeón, violines, guitarras... y el riego sanguíneo de todos los que asistimos. Seguro que cada uno de nosotros echó en falta una u otra canción. “Black mirror”, “Windowsill”, “City with no children”, “Suburban war” o mi favorita “Ocean of noise”, fueron algunas de las ausentes, pero es que de las interpretadas no sobró absolutamente ninguna. No caben todas y sus álbumes son tan buenos que aunque cambies la mitad del setlist siempre estarás escuchando una colección de singles.

“Neighborhood #3 (Power out)” y “Rebellion (lies)”, dos de las mejores canciones de "Funeral", que es lo mismo que decir dos de las mejores canciones de los últimos treinta años cierran el concierto y te hacen mirar con asombro un reloj que ha corrido muchísimo más aprisa que nuestra subjetiva idea del tiempo y el espacio. Caes en la cuenta de que el final está cerca, han tocado más de quince temas y con tal derroche de energía no se puede estar mucho más tiempo encima del escenario. Una última voluntad: si se pudieran elegir dos, sólo dos, canciones para el bis, esas serían “Intervention” y, por supuesto, “Wake Up”. Deseo concedido.
Las luces se encendieron.
El sueño no terminó.

Una hora más tarde los coros parecían no tener fin. En mi cabeza y por las calles de Madrid seguía sonando la música de Arcade Fire, dentro del metro, al doblar cada esquina... Aun sigue haciéndolo.

¿Y la próxima vez? No sé si estaré dispuesto a mezclarme con los fans de Shakira y Lady Gaga. ¿Alguien se acuerda de cómo eran U2 en el 87?

jueves, 25 de noviembre de 2010

Nunca será el último

Pocas son las ganas que tengo de escribir y maldita la razón por la que lo hago.
Apenas hace unos días que vuelvo a tener internet tras mi línea telefónica, pero por alguna razón, o mejor, por un montón de razones, casi soy incapaz siquiera de encender el ordenador. Escribir cuatro letras es ya penosa tarea, y no será por falta de argumentos: el jueves Kelley Stoltz estuvo a punto de ponerme frente al teclado de nuevo (algún día lo contaré), el sábado Arcade Fire lo que hicieron fue ponerme la carne de gallina durante una hora y cuarenta minutos (no tengo cojones de describir lo vivido, pero lo intentaré).

Mi torpeza con las palabras, y muy especialmente para demostrar mis sentimientos, me dejan la música como única salida para rendir un pequeño homenaje a una persona que ya no está con nosotros. Hace más de treinta años entró en mi vida. En realidad entró en la vida de mi hermana Mabel, yo sólo formaba parte del lote familiar. Si la memoria no me traiciona fue el cabrón que me hacía la vida imposible cada vez que pasábamos el día en la playa (al final no me quedó más remedio que aprender a nadar); el chofer de cientos de viajes en coche: mi cuñado fue el primero de la familia que tuvo vehículo propio, a quien recurrí cuando compré uno de segunda mano, a quien recurrí cuando recién sacado el permiso de conducir lo cierto es que no tenía ni puta idea de ponerme tras un volante. Me acogió en su casa, trabajamos juntos, viajamos juntos, comimos y bebimos, y siempre, siempre, estuvo ahí cuando de hacer un favor se trataba. Javi, tío Javi, como mis propios hijos lo llamaban, ya no estará disponible para nadie ni para nada... Era algo previsto desde que le diagnosticaron la enfermedad que finalmente ha acabado con su vida. Lo que no estaba previsto es que me afectara tanto. Soy bastante insensible y mis sentimientos se esconden en recovecos muchas veces difíciles de encontrar. Nunca pensé que su falta, sí, la de ese cabrón que me tiraba al agua en la mitad de la bahía de Santoña, me dejara tan tocado. Yo mismo no me noté especialmente afectado cuando hace no muchas horas me comunicaron las malas nuevas. Hacía tiempo que nuestra relación se había enfriado, pero nunca dejó de estar ahí, últimamente además casi tan cerca como al principio. La mente rebobina y rebobina, un, dos, tres, diez, cincuenta, cien, fueron tantos los buenos momentos... GRACIAS por cada uno de ellos.

Este es un blog musical. Así me lo impuse desde un principio y así será siempre. Y entre todos esos momentos, uno que no ha dejado de reproducirse a lo largo del día. Creo que él no lo entendería, posiblemente nadie lo entenderá. Es absurdo, ¿verdad? Una canción, una puta canción, es lo primero que se me viene a la cabeza cuando lo recuerdo. Un momento, hace exactamente veintidós años, un momento siempre recordado cuando escucho a The Go-Betweens. Absurdo, ¿verdad?

Íbamos camino de Santander. Como tantas otras veces, era mi chofer. Creo haber escrito que pedirle un favor era tener la certeza de que contabas con él. Yo debía tomar un tren con destino a Valladolid donde a mis dieciocho años cursaba una carrera que nunca llegó a su fin. Entonces ya, en mi cabeza cabía poca cosa más que la obsesión por la música. A través de la radio (cualquier emisora comercial bien avanzados los ochenta) sonaban los Go- Betweens. Él nunca lo supo, y nunca lo entendería, pero para siempre en mi melómana y fotogénica memoria quedo grabado el descubrimiento de los australianos. Desde entonces, “Streets of your Town” es mucho más que una canción. Es la imagen de mi cuñado al volante, camino de Santander, yo de copiloto, camino de Valladolid. Desde entonces The Go- Betweens fueron una de mis bandas favoritas. Desde hace ya unos meses no he podido escuchar la canción sin que se me haga un nudo en la garganta. Es absurdo, ¿verdad? El nudo se ha desatado para siempre.

VIVIR MUCHO TIEMPO NO ES SINÓNIMO DE HABER VIVIDO MUCHO. Mi cuñado vivió y en mi memoria lo hará siempre, muy especialmente cada vez que estos versos sean cantados por Forster, McLennan y compañía.

Sé que nadie más lo entenderá.
Queda entre él y yo.
Él tampoco lo entendería.
No importa.

Round and round, up and down
Through the streets of your town
Everyday I make my way
Through the streets of your town

Don't the sun look good today?
But the rain is on its way
Watch the butcher shine his knives
And this town is full of battered wives.

I ride your river under the bridge
I take your boat out to the reach
Cos I love that engine roar
But I still don't know what I'm here for.

They shut it down
They closed it down
They shut it down
They pulled it down.

UN ABRAZO! Pero nunca será el último...

miércoles, 27 de octubre de 2010

Richard James – We went Riding

Esta va a ser la última entrada que escriba en una temporada. No, No, No, No me retiro ni para descansar. Mientras esto sea gratis, aunque no me lea nadie (para eso soy yo mi mejor lector) seguiré usando Blogger, para contarme qué tal fue el concierto de ayer o el último disco que me tocó el corazón.
Me dejo mil cosas que no sé como ni cuando compartir: Los discos de Doug Paisley, Ben Weaver, The Duke & The King, Robyn Hitchcock, Kelly Stoltz, Edwyn Collins, Darker my love... Los conciertos de The Kill Devil Hills, Swell Season, el de John Hiatt que está por llegar... Mi encuentro con Ruper Ordorika y la inevitable sensación de que te has tomado una caña con una estrella de verdad, con un músico que no se cree más que la gente de su alrededor y de quien una vez que escuchas un disco (y se puede empezar por el último que es UNA PUTA OBRA MAESTRA, o rescatar los primeros, que no han perdido un ápice de vigencia 30 años después) te enganchas como en su día te colgaste de Elliott Murphy o de The Waterboys. No exagero, no regalo adjetivos, quien me conoce lo sabe...
Las circunstancias... razones personales que no voy a contar porque este es un blog musical, aunque a veces... Serán sólo quince días, un mes, no creo que mucho más.

Y no quería decir hasta luego sin hablar de un disco. ¿Otra Puta Obra Maestra? Sólo un pequeño placer.

Richard James – We went Riding
Suele ser habitual que cuando una banda de éxito, aunque sea relativo, se disuelve, los miembros de la misma emprendan carreras en solitario que arrastran a los seguidores del grupo primigenio. Pero también suele ser habitual que los resultados disten de los logros alcanzados cuando todos aunaban sus fuerzas.
El protagonista de la excepción, esta vez (joder! la vida está llena de excepciones), es el bajista de los Gorky’s Zygotic Mynci. Como si de los Beatles se trataran, cada uno de sus miembros, con mayor o menor fortuna, con más o menos talento si así lo prefieren, han emprendido provechosas carreras en solitario que a muchos de sus seguidores nos han hecho olvidar (sólo en parte) las genialidades propias de los galeses: Euros Childs, John Lawrence y Richard James, el responsable de uno de los mejores discos en lo que va de año. ¡Venga que eso ya lo he oído antes!, exclamaréis muchos de vosotros. Bueno, es así como lo siento; el tiempo y las nuevas publicaciones van desplazando a unos en favor de otros y, en ocasiones, las repetidas escuchas de los primeros les hacen escalar posiciones en esa imaginaria clasificación. Es por ello que cuanto más avanza el año, más difícil es que un disco te llame la atención y “We Went Riding” lo ha conseguido.

El álbum comienza con una maravilla acústica, “Aveline”, para estallar posteriormente con “When You See Me”, primer single y la canción que más llama la atención en una primera escucha; no se olvida del todo de la psicodelia (“Faces”), pero en general el disco es mucho más terrenal de a lo que los Gorky’s nos tenían acostumbrados.
En su corazón sigue habiendo un hueco para el folk galés (“Yes, Her Smile’s like a Rose”), se deja seducir por los aromas del country con la incorporación del banjo y el pedal steel (“We went Riding”, “Waiting Road”), pero sobre todo destacan los medios tiempos cercanos a la perfecta canción pop que siguen persiguiendo los Belle & Sebastian y que casi atrapa en “You Stop The Rain”. El disco crece surco a surco y aumenta en emoción con la ayuda de una sección de cuerda (“Said I’d Leave”) hasta que cuando parece que todo acabará como empezó, con otra maravilla acústica de título “Take me Home”, le cede el testigo a Cate Le Bon para que su voz sirva de despedida con “From Morning Sunshine”, precioso final para uno de los discos más bellos de los publicados en el 2010.

Un álbum que gustará a los fans de los Gorky’s Zygotic Mynci, como si Richard se hubiera quedado para sí el espíritu de la banda, y que también hará las delicias de los que no lo eran por considerarles demasiado “extraños”. Como con la intención de decirles a las nuevas generaciones, al nuevo movimiento surgido alrededor de Londres (Laura Marling, Johnny Flynn, Fionn Reagan, Mumford & Sons...): - "Yo estaba aquí mucho antes que vosotros, ahí os dejo esto".

Como George Harrison entre los cuatro de Liverpool, en segundo plano pero fundamental en el sonido de la banda, aportando un par de joyas a cada disco de los galeses y que, ahora, dueño de su destino, pero con la ayuda de miembros de su anterior grupo, se ha destapado como un gran compositor. Seguramente en el resultado final hayan tenido mucho que ver los músicos que han participado en la grabación del álbum y puede que ahí radique la diferencia fundamental con su anterior trabajo, el muy recomendable “The Seven Sleepers Den”, de un tono más melancólicamente homogéneo:

Siôn Glyn, Cate Le Bon (fantástica en los coros y como solista), Rhodri Viney (pedal steel) y, sobre todo, Euros Childs (ex-compañero en Gorky’s) que contribuye con coros a lo largo del disco y junto al cual logran capturar la mágia que caracterizaba las grabaciones de su anterior grupo.

La impresión final es la de una reunión de amigos que, con el pretexto de la música, han sido capaces de transmitir el placer que se siente al tocarla. Y eso es muy muy difícil. Habrá quien lo llame talento, inspiración, en realidad se trata de un don y Richard James lo tiene.

Puro placer.

lunes, 18 de octubre de 2010

18 de octubre. En Otoño

Desde un lejano y adolescente 1988 los Surfin’ Bichos se convirtieron en mi grupo. Siempre me identifiqué con sus letras, porque siempre quise mirar más allá de las palabras, de esas cosas que te hacen sentir diferente, mirarte al ombligo y pensar que tienes más sensibilidad que los demás.

Han pasado más de veinte años y algunas de sus canciones siguen estando ahí. Se adelantaron a su tiempo, cantaban en castellano y Fernando Alfaro escribía como un poeta, desencantado de Dios y de los hombres. Ahora ya nada es igual, mi mundo está lleno de mil diferentes músicas, mi mundo ya no es sólo el mío ni lo comparto con Alfaro como antes, pero ahora es otoño y ahora igual que hace veinte años esta canción me sigue dando escalofríos. Sigo siendo un “perro feliz” y sensible.

Suelto mis palabras
polillas en la casa vacía sin ti,
solo digo
para el que lo quiera,
lo quiera oír
que ahora mismo puedo escuchar
con un vuelvo de mi corazón
el sonido de cada hoja desprendiéndose de la luz
en otoño
en otoño
en otoño

Algunas veces
en que uno es igual a cero y no más,
es cuando me acuerdo
de ti, de mi vacío y de tu voz,
porque ahora mismo puedo escuchar
cada latido de mi corazón
como el ritmo de una canción
que nunca empieza a sonar
en otoño
en otoño
en otoño

Ven y dime
si al menos tengo en tu mente un lugar pequeñito,
ven a mi lado
porque ahora siento que podría no haber nacido,
porque ahora mismo puedo escuchar
el rugido de las aves
y ver al hombre que nace viejo
y muere en el vientre de su madre
en otoño
en otoño
en otoño

Poco a poco la casa se ha ido
quedando sin luz,
me pregunto
que estarás haciendo en este momento tú,
todos se han ido
y en la casa vacía me he quedado yo,
miro por la ventana
a veces eso ayuda y a veces no,
hoy no he parado de deambular
por la casa ya sin amueblar
y en cada rincón he podido ver
dedos señalándome
en otoño

GRACIAS Alma. Muchas veces necesitamos de alguien que nos recuerde las cosas que apreciamos de verdad.

sábado, 16 de octubre de 2010

Hautsi da Anphora & Ni ez naiz noruegako errege. La conexión entre Josh Rouse y Mike Farris: Ruper Ordorika

..
En la misa góspel del lunes, Mike Farris, quizá gracias a las endorfinas liberadas por su propia excitación o quizá haciendo uso de sustancias ilegales que, de ser así, deberían repartir en las puertas de todas las iglesias (y mucho mejor que les iría) nos hizo sentir cerca, muy cerca de la salvación. El incienso fue sustituido por efluvios de cannabis, justo tras de mí, parecía estar quemándose el botafumeiro de nuestra catedral particular, lo que unido al cansancio acumulado por la falta de sueño y días de poco comer, pusieron en serio peligro el regreso de una pieza a mi Santoña natal.
Y el bolo estuvo bien, muy bien. Como apuntaba Joserra no estamos acostumbrados por estos lares a la entrega de Mike Farris y su banda, The Roseland Rhythm Revue, y les juro que si se hubiera dado el caso me hubiera animado incluso a comulgar. Escondido tras la estética de Gram Parsons en su época de colega de Keith Richards, tras unas gafas que nos privaron de ver el tamaño de sus pupilas, pálido, desmejorado y desatado, Mike era sólo la voz más negra que se haya paseado por Bilbao, la cara de una banda cuyo teclista era el verdadero conductor, al piano o al órgano, manejó y guió a su antojo a Farris, a los músicos y a las McCrary sisters, que parecían madre e hija y que se pasaron el concierto haciendo el amor, con Mike, con Dios y con todos los presentes. Te lo creías porque tras el aparente circo en que peligrosamente estuvo a punto de convertirse la actuación, había una negra a la que le sangraban las manos de aporrear su pandereta, unos músicos como no se tiene la costumbre de disfrutar (el bajista, Foy Vance, también nos demostró que sabe cantar con “Make it Rain”, en la que un generoso Mike le cedió el protagonismo) y un cantante, pálido, desatado, de alma negra y de pies y manos inquietos que era incapaz de controlar.

Y pese a todo, lo mejor, ya en los bises: Mike solo con su red guitar. “Gypsy Lullaby”, su voz, su voz, solo, con su guitarra. Ahí sí, ahí me arranco el escalofrío que se resistió hasta casi el final. Lo demás fue celebración, fiesta, comunión... y la gente del Antzokia que no se calla ni debajo del agua.

Y no se lo van a creer pero mi intención no era hablar del concierto de Mike Farris, yo lo que quería era contar que dos discos no me abandonan desde hace unos días y no encontraba mejor manera de abordar el tema. El lunes tuve el placer de presenciar en directo un programa de Rock’n’Rodri en EiTB. Allí me comentaron que Mike Farris había estado grabando unos temas para la Jungla Sonora, se me pusieron los dientes largos, pero mucho más cuando por la noche “Gypsy Lullaby” me mostró al Farris real, no al maestro de ceremonias que encandiló a una sala abarrotada de fieles, sino al que con su guitarra te emociona de tú a tú, al Farris que convierte el sermón en oración.
Voy a tener el honor de volver a esos mismos estudios y compartir espacio con Joserra y con Ruper Ordorika, esa es la conexión. Esa y que desde el lunes no he podido escuchar otra cosa más que “Hautsi da Anphora” y “Ni ez naiz noruegako errege”. Los dos discos me fueron entregados en mano en San Sebastián el pasado viernes y fueron lo mejor de una velada (eso y alguna cosa de la que prefiero no hacer publicidad) en la que Josh Rouse provocó división de opiniones y de quien sólo me atrevo a decir que las canciones de su último álbum están hechas para ser disfrutadas en directo, con complicidad, pero que luego no me atreví a charlar con el de Nebraska porque conociéndome le hubiera echado algo en cara (mismamente que me sirviera un kas). Me lo guardo para cuando le veamos con banda, a ser posible en Bilbao, lo prometió.

Me pierdo, me pierdo... A mi regreso a casa, lunes de madrugada, sentí el impulso de escuchar los dos cds con los que me paseé, colgados de mi zurrón, por las calles de Donosti. Y desde entonces, hasta casi cuatro días después... ninguna otra cosa he podido escuchar. Doug Paisley sirvió de transición y The Strange Boys han abierto definitivamente la ventana.

Yo sé que Joserra lo hizo como el heroinómano que no se quiere sentir el único jonki de la ciudad, con la necesidad de hacer pública su adicción, de quien quiere compartir un chute de vez en cuando y no quedarse para sí la posibilidad de disfrutar de las maravillas de un autor que debería trascender mucho más allá de las estúpidas fronteras del idioma, paradójicamente también el motivo de que muchos hayan llegado hasta sus discos.
Recuerdo el concierto que supuso el descubrimiento de su música, verano, en Santander, un escenario no muy propio para un concierto de rock (Ruper Ordorika tiene dentro más rock que muchos melenudos tatuados que presumen de...) y su explicación al respecto de la música y los silencios, los espacios, vips vaporub para el alma. Esa es la sensación, se te abre el pecho y sientes una bocanada que oxigena tu interior, te reconforta, te calma, te emociona y... mucho cuidado con leer la traducción de sus letras. Te acabas por convertir en un adicto y, aunque pruebes otras cosas, irremediablemente volverás, porque sientes la necesidad, la dependencia. No puedes mirar a otro lado, a las cosas bellas no las deberíamos dejar nunca de mirar.

Y lo siento no encuentro ningún video de esos dos primeros discos. Ahora es lo que tengo ganas de volver a escuchar.

MIL GRACIAS JOSERRA!

The Strange Boys - Be Brave

¿Quieren escuchar una canción irresistible?
No se crean que no me ha costado llegar hasta aquí. Dos discos han ocupado estos días la bandeja de mi reproductor, los dos primeros de Ruper Ordorika (GRACIAS, MIL GRACIAS Joserra), y un tercero que se ha colado en el mp3 que me acompaña allá dónde voy, “Constant companion” de Doug Paisley. Y como queriendo romper el estado catatónico y extrañamente placentero en que me tenían sumido, aparecen estos chicos, facturando una música “descacharrada” (yo este término se lo he escuchado al capo de la Land, no sé si en la radio o en persona, pero es perfecto para definir su música), imprecisa, premeditadamente desenfadada, irresistible, amateur, real, rebosante de espíritu, honesta, joven (en el mejor sentido del término, tan insultante como la edad de los miembros del grupo).
El proyecto de los hermanos Sambol y unos cuantos amigos, que han tenido que dejar el instituto para grabar discos, como Bob Dylan (y es que la voz de Ryan suena a Duluth) haciendo garaje en los sótanos de donde salieron las Basement Tapes, pasándoselo en grande y transmitiendo esas buenas vibraciones, casi sin querer, en el resultado final.

O los odias o te enamorarán. Imposible que te dejen indiferente.

Be Brave

miércoles, 13 de octubre de 2010

Amigos Imaginarios – B-sides. 5 versiones imaginativas para un amigo imaginario

La mayoría de las cosas de esta vida que verdaderamente merecen la pena no cuestan dinero. ¿Alguien lo duda? Y no me voy a poner tonto pensando en el amor, en la belleza de una puesta de sol o en la paz que transmite un niño cuando de madrugada hacemos una incursión en su habitación. Me refiero a las pequeñas cosas, a veces regalos, muchas otras sorpresas del destino, gestos, incluso objetos materiales cuyo valor sólo será tal para una persona en particular.

No está lejos la fecha que marca mi próximo cumpleaños. Nunca celebro mi cumpleaños. Me despierto en la mañana y no tengo conciencia de que sea un año mayor que la noche pasada. Pero aunque sólo sea por una vez en la vida... Santi Campos me ha dado envidia. Su banda, sus amigos, le hicieron un regalo de cumpleaños, un detalle que no se compra con dinero, un EP con cinco autoversiones de Amigos Imaginarios en las que Chumi, Sebas, Ester, Charlie y Yuri se encargan, cada uno en una canción, de la voz solista. Para alguno de ellos fue la primera vez como protagonista delante del micro y el resultado... lo pueden escuchar ustedes mismos. Lo de Ester es un escándalo y, por cierto, Yuri Méndez, aunque casi podría decirse que sí, no forma parte de la banda. Él es el líder del proyecto Pájaro Sunrise, a quienes Rickie Lee Jones nos privó de verles como sus teloneros. Caprichos de las divas. Participó en el proceso de grabación del maravilloso “Muñecas Rusas” y ha hecho lo propio en el regalo que nos ocupa.

¿Siguen teniendo dudas acerca de que las cosas que realmente importan no cuestan dinero? Por si acaso, se lo pueden descargar (imposible comprarlo de momento) desde http://amigosimaginarios.bandcamp.com/ junto con otras dos joyas que deberían formar parte de toda discografía que se precie de buen gusto.

<a href="http://amigosimaginarios.bandcamp.com/album/b-sides">B-Sides by Amigos Imaginarios</a>
1. El más listo de aquí (Voz Jesús Montes) 03:28
2. Mi mitad oscura (voz Ester Rodríguez) 03:29
3. Cabos sueltos (voz Charlie Bautista) 04:12
4. De qué sirve (voz Sebastián Giudice) 04:08
5. Muebles nuevos (voz Yuri Méndez) 03:01

Por una vez en la vida a mí también me gustaría tener un regalo de cumpleaños. De los que no cuestan dinero.

martes, 5 de octubre de 2010

I Am Kloot – Sky at Night

A la quinta tiene que ser la vencida. I Am Kloot han publicado su mejor disco, y lo que llevaban 10 años apuntando lo han materializado este 2010 mostrando a John Bramwell como uno de los mejores compositores de las islas, como uno de sus secretos mejor guardados.
Proceden de Manchester y se les incluyó en el “New Acoustic Movement” nacido con el siglo (¿se acuerdan?: Kings of Convenience, Starsailor, Elbow, Turin Brakes...). Nunca tuvieron la suficiente suerte como para que el éxito les sonriera más allá de la repercusión obtenida con el tema “Over my shoulder”, pero, sinceramente, creo que nunca habían entregado una colección de temas de la calidad de su último lanzamiento.

El álbum ha sido producido por Guy Garvey y Craig Potter (ambos miembros de Elbow) y no sé hasta que punto se les puede considerar responsables del giro tomado por la banda: desmarcándose de la corriente en la que en su día fueron incluidos pero sin olvidase de que en un principio estaban las guitarras acústicas y las voces. Otros compañeros de generación como Turin Brakes han preferido emular a Crosby, Stills & Nash o jugar con las armonías vocales de Simon & Garfunkel; I Am Kloot se han fijado en Scott Walker (salvando las distancias vocales) y en Richard Hawley, aunque dejando siempre espacios para Nick Drake. No han tenido reparos en arropar las canciones con arreglos orquestales, que añaden un cariz dramático y convierten a Bramwell en un crooner, con su entrañable voz, ahogada en alcohol pero no lo suficientemente castigada por el tabaco, la voz de un borracho melancólico, irresistible, conmovedor.

No son buenos tiempos para las voces temblorosas: Clayhill arrojaron la toalla y esperamos un álbum de Gavin Clark que no termina de llegar; Ryan Adams parece definitivamente haber perdido el juicio (“Orion” lo evidencia); Willie Nile está viviendo una segunda juventud en busca de un éxito que no termina de llegar; y Ron Sexsmith... la excepción del grupo, la envidia de sus colegas que lo consideran el mejor compositor de canciones sobre la tierra. Este debería ser el año de I Am Kloot, pero tú y yo sabemos que no va a ser así. Entre sus mayores méritos están el haber alcanzado un Nº.38 en las listas y haber publicado cinco discos en cuatro discográficas diferentes. John Bramwell seguirá componiendo canciones con la certeza de que merecen la pena... y con la intuición de que nunca llegará a triunfar.

“Northern skies” abre un disco que con el tiempo nunca tendremos la certeza de su fecha de publicación, nos sumiremos en sus mejores momentos, los más reposados, los más hermosos, canciones como “I Still do”, “Lately”, “The Moon is a Blind Eye” o la nueva lectura de “Proof”, a la que no se le puede permitir pasar otra vez desapercibida, tendremos la sensación de creer ver lo que su título promete: “El cielo en la noche”, un cielo posiblemente estrellado y sereno, y nos preguntaremos por qué no tuvieron mejor suerte. Seguramente nos responderemos: Nick Drake, The Blue Nile o Sunhouse... “Diamonds by the yard”.
Yo tengo fe en que se pueda cambiar ese futuro, al menos, permítanme soñarlo.

When I was a child
I looked up to the sky
thought I saw you and I
in the clouds passing by

When I was a boy
I looked out at the sea
thought I saw you and me
in the waves on a breeze

and I still do
Still do
Still do

When I was a child
I had that look in my eye
I had a will to despise
make destruction my life

and I still do
Still do
Still do

and I still do
I still do
Still do

When I was a boy
I looked out at the sea
thought I saw you and me
in the waves on a breeze

and I still do
I still do
Still do

I still do
Still do
Still do

sábado, 2 de octubre de 2010

ONCE


Y si ayer (esta madrugada) me refería a las canciones como diapositivas de nuestras vidas, hoy lo defiendo respecto a las películas. Como que te pillan en un momento determinado y ya puede venir el señor encargado de poner las estrellitas y poner las que quiera porque las tuyas están clavadas.

Jorge Otero, lider de Stormy Mondays y músico de apoyo de Elliott Murphy, Cindy Bullens o Willie Nile (de cuya banda de directo forma parte en la actualidad) y que ha girado con Jesse Malin o Bruce Springsteen, también tiene su propio blog en el que de vez en cuando cuenta sus vivencias en la carretera, su lucha contra la SGAE, cuelga una fotografía o simplemente comparte con el resto de nosotros gustos y reflexiones.
Con su bagaje, creo que es de fiar si te recomienda una canción, esta vez era una película. ONCE, dirigida por John Carney, en principio bajista de The Frames y ahora director cine y de muchos de los videos de la banda.
En el mundo de la música todo está conectado. A los Frames en mi casa se les quiere mucho, por su música, pero sobre todo porque cuando nadie lo conocía llevaron tras de sí a Josh Ritter, gracias a lo cual el americano goza en Irlanda (donde los Frames son unas auténticas estrellas) del reconocimiento que se merecería tener en el mundo entero. Josh Ritter es una de mis debilidades. De hecho, la conexión continúa y el año pasado Swell Season giraron junto a él, en un tour que les trajo por nuestro país pero lejos de mis dominios.

Para protagonizar la película, John Carney propuso el papel principal a Glen Hansard, el cantante de los Frames, que además se encargó de la composición e interpretación de casi todas las canciones que aparecen en el film, algunas, antiguas piezas de The Frames desnudadas casi por completo. Marketa Irglova, la jovencísima actriz checa, interpreta el papel de una emigrante que se busca la vida en Dublin vendiendo flores y que toca el piano como los ángeles, también es pianista de verdad y aporta dos temas a la banda sonora, los más delicados.
En realidad, se trata de una película donde la música es la verdadera protagonista, y la excusa para desarrollar una historia de fondo que si te pilla con las defensas bajas te deja noqueado.

Cómo sucede tantas veces, la vida supera con creces a la ficción y lo que era un guión aparentemente simple acabó por enredar a los dos protagonistas en una historia verdadera. Así respondió Hansard cuando le preguntaron por la posible relación existente entre él y una joven dieciocho años menor (aunque en la peli no se aprecia tal diferencia): "I had been falling in love with her for a long time, but I kept telling myself she's just a kid". Tocaron juntos, primero para promocionar la película como Glen Hansard & Marketa Irglova, decidieron después esconder sus nombres tras el de Swell Season y así se presentarán el próximo 19 de octubre en San Sebastián. Por ese motivo he vuelto a ver el film, por ese motivo escribo estas palabras. Esta vez me ha pillado con las defensas bajas.

Cuando tomas una decisión
Es inútil intentar cambiarla
Cuando tomas una decisión
Es inútil siquiera hablarlo
Cuando tomas una decisión
Es inútil resistirse

Creo que hay cientos de páginas en la red dedicadas a ONCE. No pretendo ser una más, es sólo que la mayoría de la gente que conozco no sabe de su existencia y esta es mi forma de presentarles una película que todo al que le gusta la música debería ver (a ser posible en versión original).

La mejor medicina

Dos discos me han acompañado durante los últimos días en mi deambular hacia ninguna parte. Me resultaría imposible dedicarles una entrada a cada uno de ellos, soy incapaz de imaginármelos por separado. No se crean que se trata de dos discos similares. Poco tienen en común el uno con el otro, bueno, algo sí. Lo que comparten es un tiempo en el que han caminado conmigo, han sido mi medicina particular.

Defiende Anónimo E que los discos, los artistas, muchas veces se quedan grabados para siempre en nuestras vidas dependiendo del momento en que se nos presenten. Canciones ligadas por siempre a un recuerdo, construyendo discotecas subjetivas, diapositivas de nuestras vidas. Por esa razón mi álbum favorito de Echo & The Bunnymen es “Heaven up here”, y no “Ocean rain” como para el resto de los mortales, “12” siempre será mi primera elección de Elliott Murphy, de Bob Dylan me quedo con “Blood on the tracks”, y podríamos continuar con una lista interminable que no necesariamente coincidiría con la de los eruditos del mundo musical.
Como bien sabe quien de cerca me conoce, no estoy pasando por el mejor momento de mi vida. A estos dos álbumes me los he encontrado en el lugar oportuno y en el momento oportuno para quedarse para siempre.

SIMONE FELICE – Live from a lonely place

El hermano mayor de “The Felice Brothers” fue intervenido a corazón abierto la pasada primavera (cuya cicatriz puede apreciarse en el último video de The Duke & The King). Si para los que tenemos orejas la música puede ser la mejor terapia posible, para quienes tienen el talento de crear canciones, son éstas precisamente las que tienen el poder de exorcizar los malos espíritus. Doce de estas canciones fueron grabadas por Simone Felice en el granero de su casa, convaleciente, sin más apoyo que una guitarra, una harmónica y las fuerzas de quien necesita cantar para no rendirse, con el sentimiento de quien repasa una vida que podría haber perdido.
Casi todos los temas pertenecen al celebrado debut de The Duke & The King y también hay hueco para sus mejores composiciones junto a los Felice Brothers, pero la versión cruda que aquí se nos presenta es estremecedora. Doce canciones en las que el escalofrío no te abandona. Más que un disco, un momento de mi vida.


PHOSPHORESCENT – Here’s to taking it easy



Pero el sol, aunque sólo sea a ratos, siempre acaba por aparecer y la última entrega de Matthew Houck al frente de Phosphorescent ha sido mi luz particular.
Comienza el disco con un tema de country-pop que es capaz de levantarte el ánimo por muy hundido que te creas.

Un tema engañoso (según el propio Matthew, inspirado en una placa de matrícula con la inscripción “es difícil ser modesto cuando eres de Alabama”, que encontró en una tienda de segunda mano) porque lo que viene después es mucho más profundo y poético, una colección de muchísimos quilates donde destacan “The mermaid parade”, con Bob Dylan en el pensamiento, “Los Angeles”, de más de ocho minutos de duración y de la que desearías que no tuviera final, “Heaven sittin’ down”, con un piano maravilloso guiando una canción de la cual los Flying Burrito Brothers estarían orgullosísimos, y “I don’t care if there’s cursing”, tan irresistible que no la puedes dejar de canturrear, que no he podido dejar de canturrear, porque es exactamente lo que me gustaría sentir:
I don't care if you like me, I dont care if you don't
I don't care if you fight me, I don't care if you won't
I don't care if there's lightning, I don't care if there's smoke
I don't care if it's frightening, I don't care if it's jokes
I don't care if it's tomorrow, I don't care if it's at all
I don't care if it's forbidden, I don't care if it's the law
No, no, no I don't

I don't care if it's Darryl, I don't care if it's Steve
I don't care if it's Carol, I don't care if it's Eve
I don't care if it's barrels, I don't care if it's sleeves
I don't care if it's feral, I don't care if it's sitting on my knee
I don't care if it's tomorrow, I don't care if it's at all
I don't care if it's forbidden, I don't care if it's the law
No, no, no I don't

I don't care if there's mercy, I don't care if there's none
I don't care if it hurts me, I don't care if it's fun
I don't care if it's first thing, or if it's altogether shunned
I don't care if there's cursing, I don't care if there's come
I don't care if it's tomorrow, I don't care if it's at all
I don't care if it's forbidden, I don't care if it's the law
No, no, no I don't

El más rico de los trabajos del llamémosle cantautor americano, esta vez con una banda detrás, que enriquece el sonido e incrementa la fuerza y la emoción de sus cuatro entregas anteriores. Una slide, omnipresente, y el piano son los instrumentos protagonistas, y junto a la sugerente voz de Matthew, iluminan un disco resplandeciente. Sólo hace falta que el resto del mundo pueda ver esa luz. Yo les aseguro que he visto aparecer los primeros rayos.
La mejor medicina.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Alejandro Escovedo – Street songs of love

He de reconocer que, a pesar de su larga e interesante trayectoria, no sabía que existía un señor llamado Alejandro Escovedo hasta que una enfermedad, que casi se lo lleva de este mundo, aunó los talentos de amigos y admiradores en un disco benéfico: “Por vida: A tribute to the songs of Alejandro Escovedo”. Calexico, Lucinda Wiliams, Cowboy Junkies, Peter Case o Steve Earle, entre otros, figuraban en sus créditos e hicieron que, tras los artistas, me fijara en las canciones.
Corría el año 2004 y tres antes acababa de publicar un disco objeto de culto por parte de unos pocos aficionados con buen gusto, y referencia de muchos artistas con mejor suerte que nuestro protagonista: “A man under the influence”.

La vida le dio a Alejandro la oportunidad de seguir adelante, a mí la de descubrir su talento y disfrutar de sus canciones, retroceder en el tiempo en busca de sus viejos discos y esperar la publicación de los que estaban por llegar: una trilogía sin desperdicio, a partir del segundo de los cuales, “Real Animal” (2008), comienza una colaboración a tres bandas con Tony Visconti a la producción y Chuck Prophet a la composición. El mismo grupo que figura en los créditos, y en el espíritu, de “Street Songs of Love”.
¿El mejor trabajo de Alejandro Escovedo? Nunca seré objetivo al valorar un disco en el que Chuck Prophet esté implicado, es un genio y uno de los mejores guitarristas del mundo. Verlo en el Colegio de Abogados de la ilustre villa de Bilbao fue un lujo (todavía me estoy pellizcando) y disfrutarlo con banda en Vitoria un placer que conforme pasa el tiempo valoro más y más. Fue precisamente en la capital alavesa donde nos presentó a su buen amigo Alejandro, lo hizo versionando uno de los temas de “Real Animal”, “Always a friend”, refiriéndose a él como un “amigo de verdad” y no lo que nos venden el facebook, twitter, el messenger y demás. La canción que he encontrado por casualidad enredando en Youtube y la razón que me impulsa a escribir este texto. Beluga importado del nacimiento del Volga.

La vida es así de caprichosa, y muchas veces injusta. El nuevo álbum de Escovedo se merece una docena de entradas, independientemente de los músicos que hayan participado en él, un gran disco de rock y de americana, el motivo por el que su autor debería figurar en las listas de lo mejor entre lo publicado este año. Una colección de clásicos instantáneos. “Anchor” es su primer single.

Pero yo, entre todas, me quedo con “This bed is getting crowded”. Él la presenta como la primera canción que compuso para el nuevo álbum, una canción de amor. La firma a medias con Chuck Prophet y la huella del californiano queda patente.

Nunca es tarde para descubrir buena música, otros se quedaron en el camino, en el caso de Alejandro Escovedo todavía estamos a tiempo, tiene 59 años, la ilusión de quien acaba de comenzar, la experiencia de quien publica su décimo disco en solitario (más docenas con otros artistas) y un talento innato que nunca lo abandonó. Es hora de que se lo reconozcamos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Karen Elson – The Ghost Who Walks


Despojémonos de prejuicios. Siempre habrá quien (yo el primero) se acerque con mil reparos a un disco que puede no ser más que el capricho de una modelo o actriz (en ocasiones el sujeto es masculino, pero suelen ser los menos). Lo peor de todo es que casi siempre se suelen rodear de productores, compositores y músicos de reconocida valía. No voy a dar nombres, seguro que cada uno de nosotros ha pensado en unos cuantos. Pero..., a veces... se me ocurren dos ejemplos para llevar la contraria: Zooey Deschanel (de She & Him) y Karen Elson.
En esta ocasión estaba cantado. “The Ghost who Walks” (“El Fantasma que Camina”, como la apodaban en el colegio) es el álbum de debut de la modelo inglesa Karen Elson, esposa del polifacético e hiperactivo Jack White (White Stripes, The Raconteurs, The Dead Weather). Se conocieron gracias a un video-clip. Tres colores dominan la estética de los White Stripes: blanco, negro y rojo. Ningún otro de los contenidos en el espectro tiene cabida ni en el vestuario ni en las portadas de sus discos. Así que para protagonizar el video de “Blue Orchid” eligieron a una modelo pelirroja de tez blanca como el papel:

Tras el flechazo, pudiera pensarse que Karen aprovechó la coyuntura para hacer sus pinitos en el mundo de la canción, pero no fue exactamente así. Para empezar, tiene una voz que justificaría que se publiquen media docena de discos con ella como único pretexto, pero es que tampoco se trata de una recién llegada (¿cuantas veces habré leído esto?) y, a pesar de su profesión, no se trata del antojo de una nena mona a quien le componen un disco (esto todavía lo he leído muchas más veces). En su curriculum se recoge militancia en el grupo neoyorquino The Citizens Band, cuya especialidad es la de versionar, llevados al terreno del cabaret, temas de The Velvet Underground, Leonard Cohen, Elvis Presley o Neil Young, ¡ahí es nada!; y además, ha colaborado, entre otros artistas, con Robert Plant o Cat Power (tórrida la versión que se marcan con “I love you” -je t'aime moi non plus- en homenaje a Gainsbourg).
Y después de tantos años tras el micrófono, le ha llegado el turno de ser la dueña del nombre que aparece en la portada del álbum. El resultado, para disgusto de todos los que tenían preparada la crónica de antemano, justifica la atención que se le pueda prestar obviando su belleza o el apellido que recoge su nuevo libro de familia. Karen es la compositora de casi la totalidad de los temas (a excepción de “Lunasa”, obra de Rachelle Garniez), de un álbum inclasificable que cambia fácilmente de registro, de espíritu cabaretero (“100 Years from now” no desentonaría en el repertorio de los Dresden Dolls), con aires folkies (“Stolen roses”), con evidente aroma country (“Cruel Summer” o “The Last laugh”, que vivir en Nashville tiene que marcar), y por supuesto, donde es patente la impronta de Jack White. Él se encarga de la producción, logrando un sonido cercano al blues, oscuro y orgánico, y también toma las baquetas para conseguir ese ritmo sincopado tan característico de los White Stripes (aunque en éstos la batería sea cosa de su compañera Meg). Y quizá sea debido a la producción, unificadora del conjunto, al órgano de Carl Broemel (My Morning Jacket), otra de las señas de identidad del sonido del álbum, o a la estrecha colaboración con la multiinstrumentista Rachelle Garniez, coautora de varios de los temas del mismo, que la escucha del disco, desde la oscura “The ghost who walks” hasta el vals épico “Mouths to feed”, no te deja la sensación de encontrarte frente al debut de una cantante solista, sino al de una banda, un grupo con un espléndido presente, aportando cada uno su dosis de calidad (que es mucha) y con el deseo de que la historia tenga continuidad.

Una voz de verdad, una artista de verdad, un álbum de verdad.

Yo, me como mis prejuicios.

Y sí, el que toca la guitarra es Jackson, hijo y miembro de la banda de Patti Smith, que ha abandonado a su madre por amor. Se ha casado con Meg White, el 50% de The White Stripes, y se ha enrolado en el grupo de la mujer del otro 50%.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Supertramp – Bizkaia Arena


La historia es más o menos conocida por todos. Un mecenas holandés se enamora (del talento musical) de Rick Davies, éste pone un anuncio al que responde un inglés de nombre Roger Hodgson y juntos fundan Supertramp. Estamos en 1970. Tras dos discos de los que hoy en día casi nadie se acuerda, en 1974, y ya con la formación definitiva, “Crime of the Century” supone el inicio de una era de días de vino y rosas que termina cuando Roger decide amistosamente abandonar la banda en 1983. A partir de entonces...

"Cuando me fui del grupo llegamos a un acuerdo: Supertramp sería el vehículo de su música y yo iría en solitario"... "Quedamos en que él no cantaría mis canciones. Fue un pacto entre caballeros. En aquel momento éramos amigos y confié en él. Ahora ha traicionado ese acuerdo y canta las canciones que yo compuse. Soy un hombre de naturaleza pacífica, pero Rick está equivocado. Supertramp es su banda ahora y debería utilizar sólo sus canciones, que son maravillosas, y no engañar a los fans con mis temas. Lo curioso, lo más curioso es que a Rick nunca le gustaron mis canciones"..."Y ahora las utiliza".

Este extracto de una reciente entrevista concedida por Roger Hodgson a El Pais es exactamente la conclusión que extraje del concierto de Supertramp el pasado 17 de septiembre: Rick debería utilizar sólo sus canciones (que son maravillosas) y, además, no le gustan las de Hodgson, pero no las deja de tocar porque sabe que de ser así, en lugar de 7.000 personas, hubieran pagado su entrada la mitad. Todo sea por la pasta, incluido el USB que te venden a la salida con lo que se supone debería haber sido una actuación memorable (y a buen seguro que lo fue para muchos de los presentes).

Soy fan de Supertramp desde los 14 años. He de reconocer que en los últimos tiempos sus canciones han perdido protagonismo en mi vida, uno ha crecido y sus gustos evolucionado, sin embargo siempre serán portadoras de momentos y emociones que hacen que no pueda acercarme a ellas de forma objetiva. Como consecuencia de esa misma evolución, el mierdecilla que rebobinaba una y otra vez una vieja cinta para escuchar “Dreamer” y repetir hasta la saciedad “Breakfast in America”, le fue cogiendo gusto a las composiciones de Rick Davies y los temas menos inmediatos de “Crime of The Century”, “Crisis? What Crisis?” o “Even in The Quietest Moments”, terminaron ganando la partida. Por eso no me dio miedo acercarme hasta Barakaldo, aunque no estuviera presente parte de la formación original, aunque dejaran de lado los “hits” de Roger Hodgson.
Se trataba de celebrar el 40 aniversario del nacimiento de la banda que me infectó con el virus de la locura musical, precisamente a mí, que tengo su misma edad (que la banda, no que sus componentes). Fueron poco más de dos horas que deberían haber bastado para saldar cuentas pendientes desde hace 25 años, pero que me dejaron un sabor agridulce, en realidad, la crónica de una muerte anunciada.

El público fue el más variopinto que servidor haya visto nunca: desde niños de unos doce años, empujados supongo por el fanatismo de sus padres, hasta compañeros de generación del grupo, cuyos miembros originales superan sobradamente las seis décadas, eso sí, predominando la clase social media alta, discretamente encantadora a los ojos del genio de Buñuel, y que creo no equivocarme al pensar que lo mismo se ven a Bruce Springsteen que a Bisbal. Media hora antes del comienzo no había en el recinto más de 200 personas. Primero había que recoger a los niños de las actividades extraescolares, maquearse y tomarse una copa presumiendo ante los amigos de ir a ver a los Supertramp. No se explica de otra manera que luego el pabellón estuviera prácticamente lleno cuando un par de horas antes éramos cuatro (¡Sí cuatro!) los que esperábamos con la certeza de coger sitio al pie del escenario. Supongo que los verdaderos fans habían pagado la entrada Gold, con derecho a barra libre, total 200 € tampoco son tanto dinero por unos canapés y la foto que demuestre que estuviste allí.

Tengo la costumbre de acudir a los conciertos sin escuchar nada de sus protagonistas durante las semanas previas e intentar no leer ninguna crónica de actuaciones recientes, no sé, supongo que con el objeto, casi subconsciente, de que cualquier detalle me pille por sorpresa y poder disfrutarlo con la intensidad de quien lo hace por primera vez. Así, aunque lo sospechaba, no tenía la certeza de que Rick Davies se saltara el pacto entre caballeros (algo que deseaba antes pero no sigo pensando después), que hubiera nueve músicos encima del escenario (aunque si hubieran sido cinco no se habría notado) y que para la interpretación de “Another man’s woman” se montara el numerito de la sombrilla y un tipo en bañador y con periódico en mano (que creo era un fan) simulara la portada de “Crisis? What crisis?”.

Desde el primer tema, “You started laughing”, quedan patentes dos cosas: que Rick Davies, a sus 66 añitos, tiene mejor voz que a los treinta y que él es el grupo, Supertramp es su proyecto, se deja el alma en cada una de sus composiciones (sólo en las suyas) tocando el piano con rabia, con fuerza, con talento. Como si nada hubiera cambiado en tanto tiempo, desde luego su aspecto físico es el mismo que el de las viejas fotos de los tiempos de gloria.
El “setlist” no sorprendió a nadie (mas que a mí), repitieron canción a canción (y hasta los chistes de Helliwell) de los conciertos de La Coruña y Madrid. Está perfectamente estructurado: los éxitos de Hodgson se intercalan entre los temas favoritos de Rick, mucho más profundos y también mucho más cuidados a la hora de ser interpretados. Era más que evidente como, cuando de animar a la masa verbenera se trataba, atacaban las canciones conocidas por todos y Rick Davies se desentendía del piano (salvo en “School”), se perdía entre las percusiones y dejaba el protagonismo a Jesse Siebenberg o Gabe Dixon. Jesse, hijo del batería Bob Siebenberg, canta muy bien, ha girado con el grupo desde que era un bebé (literalmente) y también ha formado parte de la banda de directo de Roger Hodgson por lo que siente sus canciones casi como propias; suyas fueron las versiones de “The logical song”, “Breakfast in America”, “Give a little bit” o “School”; pero Gabe, con una voz mucho más limitada, destrozó “It’s raining again”, “Take the long way home” y “Dreamer”, me temo que con la complicidad de Rick Davies, que miraba para otra parte diciendo para sus adentros ―“¿queréis canciones de Roger? Tomad y disfrutadlas”. A mi lado, la gente enfervorizada coreaba los estribillos y yo tenía ganas de gritar: ―“¡El rey está desnudo! ¡No os dais cuenta!”
Hubo momentos en que me sentí fuera de lugar, pero estaba en primera fila y no había escapatoria posible. John Anthony Helliwell y Lee Thornburg no eran conscientes de que tenían delante a quien ha crecido con unas canciones que ellos parecían utilizar como fondo sonoro de una animación de hotel, con palmaditas y bailes tontos intentaron (y a veces lo consiguieron) estropear un cancionero con un enorme valor sentimental para una... pequeña parte de los presentes, los otros fliparon y rieron las gracias. No obstante, hubo grandes momentos. No me arrepiento en absoluto de haber pagado la entrada ni de ser de los más madrugadores en presentarme a las puertas del BEC, aunque sólo fuera por “Rudy”, que me puso la carne de gallina; aunque sólo fuera por “Poor boy”, “Downstream”, “Ain’t nobody but me” o “From now on”, en alguno de cuyos pasajes volví a sentirme adolescente; a pesar de los arreglos del absurdo comienzo de “Dreamer”, de la larga (demasiado) versión de “Another man’s woman”, que convirtió un sólo de piano en una exhibición interminable, de la desalmada interpretación de “School” y de que todos echáramos en falta no sólo la voz, sino también el espíritu de Roger Hodgson en las canciones que le pertenecen (el guitarrista Carl Verheyen es técnicamente perfecto, pero...tan pulcro, tan arregladito, que se echa de menos que se equivoque en media docena de notas pero mostrando que dentro le late un corazón).
Mereció la pena, porque no se crean... cualquiera no es capaz de ponerme la carne de gallina. Con “Crime of the Century” me quedé petrificado, esa canción siempre tuvo el poder de paralizarme, sabía que era la última, sabía que ésta sería la última vez.

A mí todo eso me da igual, pero mucha gente asistió con la convicción de encontrarse con unos decorados y un montaje de video impresionantes, sin embargo, las luces fueron pobres, las proyecciones casi inexistentes, salvo un par de imágenes en alguno de los temas, el video mil veces visto de “Rudy” y el final de “Crime of the Century”, para el que no se molestaron ni en quitar la escena de los dos abuelos que protagonizaban la portada de su álbum de 1997, “Some things never change”. Aquí no tenía sentido porque ninguna de sus canciones fue interpretada, ninguna canción posterior a 1983, salvo “Cannonball”.
Y respecto a quienes estaban sobre las tablas: El escenario era demasiado grande incluso para nueve personas, desangelado, la parte derecha estaba casi vacía, la izquierda la llenaban el piano y la voz de Rick, pero es que alguno de los nueve estaba de más. No sé por qué hay una corista si a penas se escucha su voz, el teclista Gabe Dixon también pasa bastante desapercibido y mucho peor es cuando se pone tras el micro en las canciones de Roger, Lee Thornburg tiene su momento de gloria en la trompeta de “Poor boy”, luego está más pendiente de secundar a Helliwell, añadiendo algún viento e inventando la coreografía de la última excursión del imserso. No siempre más es mejor.
RUDY – Madrid 16 Sep.
Supongo que cumpliendo con la regla, no escrita, de no hablar mal de nadie, no debería haber publicado esta crónica. ¿Por qué lo hago? Porque como Rick Davies, yo también me salto las normas de vez en cuando. Porque estoy harto de leer tonterías escritas de antemano, de ciegos forofos o de periodistas redichos con los tópicos de siempre: que si los mejores temas fueron los del “ausente”, que si Rick Davies es un segundón o que si todo el mundo salió encantado del mejor concierto visto jamás. Incluso los hay que todavía no se han enterado de que Mark Hart ya no está con la banda.
Lo dicho: los mejores temas no fueron los de Hodgson, sí los más coreados por ser los más conocidos, pero jugaban con mucha desventaja; Rick Davies es un número uno, pero con muy mala leche y un ego como una catedral; y los que fuimos a algo más que dar palmas y bailar los pajaritos no salimos encantados.

¡Ah! Y a la salida memorias USB con la mitad del concierto grabado, el resto disponible en descarga desde la web (previa introducción del código correspondiente). Les juro que antes de que todo comenzara, tenía pensado gastarme los 25 € que costaba el invento. Luego la publicidad de Helliwell (en uno de esos descansos que en las series de TV utilizan para los minutos promocionales) y el discurrir de la noche me disuadieron de ello. Prefiero que el recuerdo se desfigure, que mi mente me engañe y, finalmente, quedarme con los buenos momentos (los hubo muy buenos).

Cuentas saldadas, sólo en parte. Emocionante y sonrojante por igual.

EL GRUPO:
Rick Davies – voz, pianos, harmónica y percusiones
John Anthony Helliwell – Saxofones y clarinete
Bob Siebenberg - batería
Carl Verheyen - guitarras
Cliff Hugo - bajo
Jesse Siebenberg – guitarras, percusiones, piano y voz
Lee Thornburg – trompeta, piano y coros
Cassie Miller Thornburg - coros
Gabe Dixon – teclados, coros y voz

LAS CANCIONES:
Lo más parecido a un grandes éxitos 1973-1983, es decir cuarenta años de carrera que podrían haber sido diez, o la confesión por parte de Rick Davies de que desde que se echó el grupo a sus espaldas nada ha sido lo mismo.

You Started Laughing
La voz de Rick suena mejor que nunca, el wurlitzer sin embargo suena mal y al final mete un buen castañazo por lo que debe ser sustituido por otro piano.
Gone Hollywood
Put on your old brown shoes
Ain't Nobody but Me

Debería haber sido la primera de la noche. Punto de inflexión del concierto.
Breakfast in America
Tras el inevitable chiste de Helliwell al hablar del bacalao (en Madrid fue la paella y en Coruña el pulpo) como la segunda mejor comida del mundo después de... el desayuno en America, Jesse me saca de dudas al respecto de quien iba a hacer de Roger Hodgson.
Cannonball
La única posterior a 1983. Al final pierde fuelle.
Poor Boy
Quizá la más grata sorpresa para quien esto escribe. Una joya escondida en su “Crisis What crisis?”
From Now On
Give a Little Bit

Preciosa con las dos guitarras acústicas y Jesse de nuevo al micro. Pero no me quito de la cabeza a John haciendo de animador y dirigiendo el cotarro para indicarnos cuando cantar.
Downstream
El momento tierno de la noche que al final queda un poco ñoño con las imágenes de un lago que se reproducen en la pantalla.
Rudy
Por ella mereció la pena todo lo demás. El vertiginoso final con la película en blanco y negro filmada desde un tren a toda velocidad no por conocida deja de emocionar.
It's Raining Again
El pueblo quiere circo y Rick se lo da. El momento en que padres e hijos alzan los brazos para cantar todos juntos. Gabe Dixon hace lo que puede con su limitada voz. Por momentos parecía una verbena.
Another Man's Woman
La canción más emblemática del Crisis en la que el figurante de la sombrilla reproduce su portada y Rick se recrea en un solo de piano que muchos fans recordarán como el mejor momento del concierto.
Take the Long way home
Bloody Well Right

Rick echa el resto. Se nota que le gusta, que siente la canción.
The Logical Song
Jesse asume de nuevo el papel protagonista, pero esta vez al piano. Preciosa.
Goodbye Stranger
Lástima que con tantas voces no sean capaces de conseguir el efecto del original, ¿quizás estaba demasiado bajo el volumen de los coristas? La guitarra de Carl Verheyen en el solo final tampoco consigue acercarse siquiera al desasosiego que produce la versión del Breakfast.

BIS:
School
El único de los temas de Roger que Rick interpreta al piano, haciéndose cargo también de la harmónica. Uno recuerda el mítico “Paris” y creo que faltó tensión, pasión, alma.
Dreamer
Un poco más de circo. De nuevo, echamos a Gabe Dixon a los leones y de nuevo el vulgo se vuelve loco. La introducción sobra. Han querido dotarle de épica y se lo han terminado de cargar.
Crime of the Century
Todos sabemos que es la última. Y es otra de las que emocionan, paralizan. Por fin la gente deja de dar palmas. La batería de Bob Siebenberg se adueña del pabellón, el piano de Rick reproduce las notas finales del álbum que les valió la fama mundial y el saxo de Helliwell te encoje el alma, en un final esperado, conocido, definitivo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

The Mynabirds

Suelo bromear diciendo que no conozco persona con mejor gusto que yo (de hecho coincido plenamente conmigo). Pero, dejando atrás los radicalismos juveniles, caes en la cuenta de que el mundo gira gracias a que no todos pensamos igual y que la clase y el buen gusto se pueden encontrar en polos opuestos. De vez en cuando, defensores habituales de sonidos o propuestas diferentes nos cruzamos en el camino. No hay mayor garantía de calidad posible.
Periódicamente le echo un vistazo a Los hijos bastardos de Henry Chinaski, porque sé que, aunque discurrimos por sendas muchas veces paralelas, cuando coincidimos siempre lo hacemos con motivo de un disco, de un grupo, de cinco estrellas. Les cito unos pocos ejemplos: Amigos Imaginarios, Maika Makovski, Mavis Staples, Ray LaMontagne y la banda que hoy nos ocupa. Seguro que hay muchos más. El caso es que un buen día Edu nos contaba que en un viaje por tierras cántabras su amigo, y músico conocido por todos, Quique González le recomendó este grupo norteamericano. Ahora, unos meses más tarde, y tras girar y girar en mi reproductor, soy yo quién quisiera recomendárselo a quién hasta aquí se haya acercado.

He de confesar que en un principio me sonaron comerciales, como si me dejaran la sensación de estar directamente orientados al éxito masivo, ese éxito que de vez en cuando le sonríe a una formación surgida de la independencia y que acaba en los brazos del consumo multinacional. La misma sensación que ahora hace veinte años me dejaron unos principiantes llamados River City People. Tanto entonces como ahora, a pesar de ese poso comercial, mi paladar me pide más y más. Pienso en Dusty Springfield, que ella también era comercial hace cuatro décadas y hoy es objeto de culto y respeto. Y me acuerdo de Dusty Springfield porque fue el primer nombre que relacioné, casi instintivamente, con Laura Burhenn, cantante y compositora de The Mynabirds.

De dónde surgió el nombre lo cuentan ellos mismos en su MySpace: “Siempre quisimos hacer un disco que sonara como Neil Young en la Motown. Así que tras descubrir a los Mynah Birds, grupo de Rhythm & Blues que contaba ni más ni menos que con Neil Young y Rick James en sus filas, adoptamos su nombre, encontramos a nuestros tocayos”.

Respecto a la creación del disco, Laura escribió las canciones de su nueva aventura (antes formaba parte del dúo Georgie James) mano a mano con Richard Swift (colaborador directo de Damien Jurado y responsable de uno de los mejores discos del año pasado), buscando la inspiración en noches de alcohol cuya banda sonora corría a cargo de Buffy Sainte-Marie y James Brown. No es de extrañar, pues, que “What We Lose In The Fire We Gain In The Flood” suene retro, suene gospel, folk, country, soul, y que nos recuerde a las mejores producciones de los años sesenta con mujeres como protagonistas tras el micro.
El disco rebosa clase, elegancia y naturalidad, y quizá por ello, porque no me puedo imaginar cómo estas canciones pudieran no alcanzar el éxito masivo, sea por lo que me deja ese regustillo “mainstream” al que hacía referencia.
Que nadie se lleve a engaño, me retracto de todas mis palabras si con ello cualquiera haya podido pensar que nos encontramos ante un producto prefabricado con el que las compañías periódicamente nos tratan de vender la última sensación (léase la nueva Amy Winehouse o la nueva Madeleine Peyroux). No, no se trata de eso. The Mynabirds suenan modernos y deliciosamente clásicos, tanto como pudieran hacerlo Moriarty o Emily Loizeau, tanto como Jenny Lewis o Fiona Apple, tanto como Laura Nyro o Emmylou Harris, ¿tanto como Neil Young en la Motown? Quizás lo hayan conseguido.

Hay un par de videos en la red, pero entre todas las canciones de su debut, yo me quedo con RIGHT PLACE:
I’ve lost your number
Have you lost mine?
I think about you time to time
I still wonder why
But I haven’t changed my mind
God knows I tried.
Hay discos en los que no debería figurar su fecha de edición, porque la música atemporal no puede conformarse con aparecer incluida en los resúmenes de lo mejor del 2010. Una obra que siempre sonará actual y pudiera haber sido publicada hace cuarenta años.