jueves, 6 de octubre de 2011

Elliott Murphy
Conduciendo por las carreteras secundarias del rock

Son más de las dos de la madrugada, suena una canción, la radio habla de un artista que me engaño creyendo conocer; en esa duermevela que confunde sueños con realidad no soy muy consciente de estar despierto, lo suficiente para recriminarme por qué no tuve antes la suficiente curiosidad por acercarme y saber quien había detrás de ese nombre mil veces oído.

Nací recién comenzada la década de los setenta y nadie me enseñó el camino, tropecé mil veces con las piedras del arcén, equivoqué la dirección otras mil y malgaste tiempo y combustible en rutas alternativas que no me llevaron a ninguna parte. Ni mis padres eran unos hippies aburguesados con una nostálgica colección de discos ni mis hermanos mayores tuvieron nunca el más mínimo interés por la música. Los chavales del barrio, donde no residían arquitectos, jueces o ingenieros precisamente, tomaron el atajo del heavy y el rock duro de entonces, yo no era muy diferente a ellos, pero eran otras las músicas que llamaban mi atención. Así fue como, sin guía ni compañeros de inquietudes, comencé a recorrer un mundo donde internet era sólo un sueño, descubrí tarde a Dylan, a Young, a Cohen, a Waits, a Bowie... y, esa noche, casi por casualidad, a Elliott James Murphy. Luego te encuentras con discografías enormes, artistas que llevan más de treinta o cuarenta años componiendo y publicando canciones, y robas a tus noches todo el sueño que la salud te permite en el vano intento de alargar los días que siempre son de veinticuatro horas.

Cuando recuperé la conciencia, una nota en la mesilla prometía que la próxima vez que pisara una tienda de discos me compraría "Selling The Gold" (estamos en 1995 y acaba de salir a la venta), lo había apuntado, de no ser así al día siguiente no hubiera tenido muy claro ni el nombre del álbum ni de su autor. Sin embargo, las cosas casi nunca suceden como las planeamos, el destino gira a su antojo, y... Un fin de semana en Bilbao y la recomendación del dependiente me llevaron a adquirir "12", supongo que porque era el único disco de Elliott Murphy que había en la tienda, ─ "un clásico de un clásico", creo recordar que fueron sus palabras, ─ "...de lo mejor de sus últimos años... y tiene veintiuna canciones, como si fuera un doble..." . La portada (la preciosidad con la que encabezo esta pequeña historia) y su precio me terminaron de convencer. ¡Y vaya si me alegro de que así fuera!, "12" no tenía la canción que sonó aquella noche en la radio, pero ahí estaban, ahí estarán para siempre: “Destiny”, “Greetings from Sydney”, “Something like Steve McQueen”, “Let it Rain”... y, sin pulir, en bruto, un diamante titulado “On Elvis Presley’s Birthday”. Lo siento por “Famous blue raincoat”, “Dancing barefoot”, “Dear Prudence”, “Simple twist of fate”, “Red army blues” o “Five years”, lo siento, desde hace quince años “On Elvis Presley’s birthday” es MI CANCIÓN, me emociona siempre que la escucho, me arranca un escalofrío cada vez que la vivo en directo, y van...


Algún tiempo después (no era consciente de ello, pero habían pasado cuatro años y un disco, "Beauregard", que descubriría más tarde), la misma emisora de radio anunciaba la publicación de "April, a Live Album" ─“… la nueva entrega discográfica del último trovador del rock…”, el fruto de una gira acústica (y del destino: “best not to plan a live album, just let it happen…”), que mostraba como esas mismas composiciones, grabadas casi desnudas en el estudio, crecían en directo con el único apoyo de la guitarra de un por entonces desconocido Olivier Durand, el mismo que camina junto al maestro, guitarra en mano, por las calles enrejadas de la ciudad del próximo concierto.
Gracias a la magia de "April" retrocedo en busca de unas canciones que suenan a clásicos olvidados (“diamantes en el corral”), sus discos se abren paso en mi colección y comienzan a ocupar un espacio que parecían tener reservado entre Bob Dylan y Lou Reed. Nunca gozará de la popularidad de aquellos compañeros de generación que hace mucho dejaron de tener problemas con las facturas. Él lo tuvo entre sus manos pero le dio la espalda al éxito (me gusta pensar que fue una elección personal) para caminar de la mano de los malditos, de los condenados al reconocimiento crítico al margen de la multitud, de los que, además, te gusta presumir porque te hacen sentir diferente, sus canciones también a ti te llevan por otros caminos a los transitados por el resto, los que recorres junto a Joe Henry, Dayna Kurtz, Chuck Prophet, Willie Nile, Kelley Stoltz,… carreteras secundarias, desconocidas u olvidadas, Nikki Sudden, Johnny Thunders o Elliott Smith podrían guiarnos por ellas.

Elliott Murphy & Olivier Durand - Santander, 14 de octubre de 2005
Hacia frío y llovía, aunque tímidamente, las nubes no daban tregua. Santander tiene una luz especial en los días grises, o quizá era yo el que miraba con diferentes ojos a una ciudad cuyos cielos son siempre del color del mar que la rodea, quizá solo fuere que en las horas previas a ver al más romántico de los poetas de Nueva York todo se percibe distinto. Nos presentamos con bastante antelación ante la sala Rocambole aún con las puertas cerradas, éramos tres y sólo una entrada en nuestro poder, la mía, así que el temor a que se agotaran las localidades posibilitó que cogiéramos un buen sitio en la primera fila. La madera predomina en la decoración, el lugar, con capacidad para unas doscientas personas es perfecto para un concierto acústico, aunque creo que entonces éramos unos pocos más los testigos de la primera visita del rockero a la ciudad. A nuestra derecha estaban los “Rainy Season fans”, caras que me resultaban familiares de la actuación, todavía reciente en mi memoria, dos años antes en el Teatro Principal de San Sebastián. La noche que escuché por primera vez “Blind Willie McTell”, sin saber que Bob Dylan era su autor, se multiplicaron por cien las sensaciones que me producían sus discos por lo que no dudé en recomendárselo a la pareja con quienes compartía cerveza y conversación hasta que, sonando “Theme from a Summer place”, se apagaran las luces. Carmen y Javi nunca habían oído ni leído de Elliott Murphy más allá del posible anuncio en el periódico del día, intenté explicarles quién era, sus influencias literarias y sus semejantes musicales, se fiaron de mí, y… no me volvieron a acompañar a un concierto hasta que John Tirado y el Café de las Artes nos reunieran de nuevo.
Desde entonces, juego sobre seguro, recomendar a este veterano, cuyo nombre le suena a casi todo el mundo pero cuya música no conoce casi nadie, siempre me ha dejado en buen lugar, y van… perdí la cuenta la séptima, quizás la octava vez. Lo he visto con banda y como dúo, en teatros, al aire libre, en casas de cultura y en salas como Dios manda; cada vez es diferente porque siempre tiene nuevas canciones y siempre recupera viejas conocidas evitando repetir setlist, pero nunca una noche fue tan especial como la vivida aquel otoño recién comenzado. Ahora... para ser realmente sincero, debería añadir que las dos últimas (con la banda al completo), por momentos, tuve la impresión de no estar viendo al verdadero Murphy, pero esa es otra historia y... la de un viernes de octubre de hace casi seis años es la que les quiero contar.

La lluvia, que parece perseguir a nuestro protagonista (les aseguro que la mayoría de las veces que lo vi, muchas de las cuales fueron en verano, llovía intensamente), es posible que condicionara la elección de “Irish Eyes” para abrir el show (...stormy rain on the West coast of Spain... recita en su primer verso), a partir de ahí, no merece la pena malgastar adjetivos en intentar describir lo sucedido, viajamos desde 1973 hasta esa misma mañana, versiones y canciones propias, rotura de cuerdas arregladas in situ, tres bises... quien haya visto a Elliott & Olivier sobre un escenario ya sabe de lo que hablo. Para quien no haya tenido la suerte, un bootleg refresca mis recuerdos cada vez que quiero revivir el 14 de octubre (Elliott nunca ha puesto impedimento a que sus conciertos sean grabados, es el dueño de sus canciones y, siempre que no haya ánimo de lucro, el intercambio entre fans de sus directos es algo que apoya y facilita).

En la primera parte son mayoría los temas del disco que acababa de salir al mercado, "Murphy Gets Muddy", su particular homenaje al blues, destacando la versión del clásico de BB King “The Thrill is gone” en el que Olivier Durand (algún día seremos conscientes de la suerte que tenemos de poder disfrutar del virtuosismo y la pasión del francés) parece poseído por el espíritu de Jimi Hendrix y tan pasado de revoluciones como Pete Townshend; pero son siempre las viejas canciones, aunque desconocidas para muchos de los presentes, las que ganan la partida y los aplausos más entusiastas, y sobre todas ellas, al menos para quien esto escribe, “On Elvis Presley’s Birthday”, narrada y vivida en primera persona, una historia en la que su padre sigue presente y que cantada doscientas veces al año le sigue emocionando al interpretarla. Verlo cantar, cerrando los ojos, sintiendo cada verso, a punto de desmoronarse cada vez que, tras un silencio, largo silencio, pronuncia el verso “My dead father...” , justifica cada entrada que he pagado y cada kilómetro recorrido.
Otro diamante, el motivo de que denomine así a sus grandes canciones, “Diamonds by The Yard”, es con el que siempre cierra el primer acto de sus conciertos. Los aplausos no cejan hasta que vuelven al escenario para el estreno mundial de “Home Again”: “I was so excited about coming to Santander today. I was driving in the car (....) I had some real strong Spanish coffee (...) So I wrote this song this morning and I gonna try to sing it now. I hope I don’t fuck it up (...) For some reason you know I never felt at home where I come from. I come to a place I’ve never been before, I’ve never played before... for me it really feels like home, here tonight” . Dos rainy season fans le sostienen un par de folios con unas notas escritas de su puño y letra necesarias para interpretar una canción con apenas unas horas de vida. Tenía miedo de joderla... Meses más tarde publicaría un álbum de título "Going Home Again".
“Last of the rock stars” es reconocida por muchos de los “novatos” entre la audiencia, en cierto modo, es la canción que allá por el lejano 1973 le diera el éxito efímero y la fama que le abandonara cuando las compañías discográficas dejaran de invertir su dinero en un escritor con grandes críticas y ridículos beneficios. El setlist ya no tiene razón de ser, “Sicily” no estaba en el guión y se equivoca al cantar la primera estrofa, improvisa “Can’t help falling in love” a capela y, antes de una nueva despedida, nos regala “Caught short in the long run”, con sus primeros versos recitados fuera del micro, en la versión más emocionante que haya escuchado de una canción que ya lo es de por sí.


Hace casi dos horas que comenzamos y no sabemos si esto se ha acabado o no, en realidad, todos los presentes tenemos la certeza, más bien el deseo, de que la retirada no sea definitiva. La excitación es compartida entre un público que no parece tener suficiente y dos músicos que se lo están pasando mejor que nosotros. Y los deseos a veces se convierten en realidad: “Drive all night”, “Sympathy for the devil” y “Rock Ballad”, pedida incesantemente por uno de los asistentes, son la terna del segundo bis. El final perfecto, ¿el final?, “Ground Zero” es cantada a medias por Elliott y Olivier y con “Hollywood” somos todos los que unimos nuestras voces. Dos horas y cuarenta minutos después se encendían las luces de la sala, por los altavoces sonaba “Hurricane” de Dylan, Carmen sacó otra ronda de cervezas, apenas hablamos, bebimos y nos miramos, sobraban los comentarios y no encontraríamos los adjetivos. Ni Carmen ni Javi me acompañaron a un concierto hasta cinco años después.
Completar y descubrir toda su discografía ha sido una misión difícil de llevar a cabo y, siempre, un placer. Lo conocí a través de sus álbumes de los 90, los de los 80 fueron los más complicados de conseguir, los de los 70: cuatro obras maestras que te hacen preguntarle al viento por qué "Aquashow", "Lost generation", "Night lights" o "Just a Story from America", discos que deberían ser míticos, no figuran en las listas que periódicamente nos quieren enseñar cuales fueron los mejores de la historia del rock. Compañeros de viaje y generación como Tom Petty y, por supuesto, Bruce Springsteen hace tiempo que abandonaron las carreteras secundarias, John Mellencamp, Willy Deville, John Hiatt... todos tuvieron mejor suerte. Elliott Murphy se exilió voluntariamente en una Europa que le demostró cariño y admiración. Vive en Paris y su particular “neverending tour” pasa todos los años por Alemania, Italia y España; afirma que su verdadera religión es la literatura pero el rock‘n’roll su adicción; le gusta compararse con un buen pintor (“I wish I was Picasso”) y, como tal, cree que un escritor de canciones no tiene por qué haber dado lo mejor de sí al principio de su carrera (el eterno axioma del rock). Gracias a su particular manera de ver las cosas, haber casi vivido el éxito y ver como se aparta de ti, la falta de ambición (entendida como poder pasear tranquilamente por las calles de cualquier ciudad), y un exceso de talento que nunca ha querido fuera pasto de las masas, han posibilitado que su imagen de bohemio, poeta e intelectual tenga verdadero sentido y, a la vez, que el placer de verlo en una pequeña sala nos esté reservado a unos pocos elegidos para quienes se muestra siempre accesible, amable y educado.


This is an unreal city
you can be anybody you want to be
...when you are alone

P.D. Tenía guardada esta historia desde hace casi seis años. Primero porque no había blog y luego porque no encontraba el momento se ha ido retrasando y retrasando, y después de más de cien entradas, artículos, reflexiones o simples borradores, cómo lo quieran llamar, el monográfico de la Land me sirve de excusa, el que se acerque el sexto aniversario de cierta noche, de coartada, y volver a escuchar sus discos me recuerda que si sólo pudiera quedarme con cinco artistas antes de naufragar, mi salvavidas arrastraría consigo a Leonard Cohen, The Waterboys, Patti Smith, Love y, sin duda, a Elliott James Murphy.

10 comentarios:

  1. Cuando se descubre a un artista que te engancha y te das cuenta que su discografía es enorme da como cierto vértigo... Pero eso es bueno:)

    ¡Saludos!

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  2. Precioso post...

    Y como yo también llegué a encontrar mi música como se hacía antes, sin orden, caprichosamente, por azar, voy a reconocer algo que me fastida bastante...conozco un 1% de Eliott Murphy....y entre la Land y tú al final me habeis dado ganas de trabajar y de momento voy a exprimir el Spotify.

    Me ha impresionado On Elvis Presley's Birthday porque llevo unos días metida en The Great Gatsby y el espíritu, el espacio que describe, aunque no la época... me han llevado otra vez ahí.

    Bueno, gracias y allá voy.

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  3. Coco, el vídeo del Elvis Presley´s Birthday es la cosa más maravillosa que pueda existir, me recuerda a mi padre tanto y eso que murió cuando yo tenía 12 años. Coco, hostia cada día le echo más de menos, parece mentira...jangling change, jangling change, como mi padre. UN ABRAZO

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  4. Yo también descrubrí a Elliot en "12". El nombre me resultaba familiar, pero el día que entré en una de las tiendas que agonizaban en la venta de vinilos para enredar un rato entre los cajones, al ver esa portada (que es otra diferente, no se porqué hay dos ediciones) no pude resistirme a coger el disco. Cuando lo tenía entre las manos sentí que tenía una joya, algo me lo transmitía.
    Lo pagué, me fuí a casa, lo pues en el tocadiscos, me senté, abrí el doble album para seguir las letras y el primer tema ya me dejó fuera de combate, a mí, que llevaba oyendo a Dylan desde los 5 años y que pensaba que gente así ya no quedaban por descubrir. No sé cuantas veces escuché aquel disco ese día, tantas como pude. No bajó del tocadiscos en varias semanas. Era el año 92. Desde entonces es uno de mis elegidos, porque para eso el hombre puede elegir sus dioses...

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  5. siempre dá el cien por cien en sus conciertos, he disfrutado de muchos de sus actuaciones en directo, uno de los mas grandes ...

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  6. Desde Gran Canaria tampoco encuentro a quien hablar de música. Vi a Eliot Murphy en los años ochenta en un garito de Las Palmas de Gran Canaria. No eramos más de 30 personas, pero la entrega fue total. Grande Murphy. Salud y suerte.

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  7. Desde Gran Canaria tampoco encuentro a quien hablar de música. Vi a Eliot Murphy en los años ochenta en un garito de Las Palmas de Gran Canaria. No eramos más de 30 personas, pero la entrega fue total. Grande Murphy. Salud y suerte.

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    1. Qué curioso Ayagures, ahora vivo en Gran Canaria, desde aquí es mucho más dificil escribir de música, casi imposible encontrar con quien hablar, estoy practicamente desconectado de todo, apenas hay conciertos que merezcan la pena, la cultura musical que se vive en la calle... bueno, hay otras muchas cosas que compensan la balanza. Pero no deja de ser una puñetera casualidad que más de cinco años después de escribir este post, reciba este comentario. UN ABRAZO!

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