domingo, 9 de octubre de 2011

Rickie Lee Jones. Nos debes una canción.

“...No hay forma de describirla, todo oscurece con Not Dark Yet, todo parece superficial, vacuo, como la risa histérica y molesta de un bebedor de cervezas hablador del Antzoki en un concierto de Rickie Lee Jones.” Rock&Rodri Land. Tiempo inmemorial - Bob Dylan

Estas palabras robadas de la Land, que por sí solas te deberían hacer comprar el "Time Out of Mind" de Bob Dylan sin haber escuchado una sola de sus notas, me trasladan al presente aquella puta risa histérica, el golpear del vidrio y las conversaciones ajenas de la barra del Antzokia. Buceando por la red descubrí un blog con la crónica de lo que vivimos juntos la noche anterior. Sin conocer a Joserra (a quien a la fuerza había tenido cerca entre los pocos asistentes), hice un comentario (parte del cual me plagio a mí mismo), para lo que me tuve que registrar en Blogger, y compartí con un par de amigos un e-mail gracias al cual puedo recordar algún detalle que tanto tiempo después sería difícil retomar. La música conecta las historias con una facilidad de la que estoy empezando a sospechar.

Tengo en mi poder dos entradas para el próximo 29 de noviembre con el nombre de Rickie Lee Jones impreso en el mismo asqueroso papel (cuya tinta se borra con el tiempo) donde el pasado 5 de Abril, también martes, ponía Marianne Faithfull.
Como con Elliott Murphy, también juego sobre seguro: hace casi dos años era uno de los pocos asistentes a una extraña pero emocionante actuación. Se lo he recomendado a un amigo, curiosamente el mismo que me acompañara cuando de nuestras entradas era protagonista la musa de los Stones, y creo que la mejor forma de terminar de convencerlo es contar lo ocurrido aquella primera vez.

Eran tiempos sin medida en los que la música era más que una pasión y vivirla en directo mi casi enfermiza evasión, casi siempre en soledad, casi siempre en primera fila, abstrayéndome del mundo a mis espaldas, al menos hasta que hora y media más tarde el suelo bajo mis pies me devolviera los pensamientos que torturaban mi conciencia, una conciencia cobarde que me impedía tomar una decisión, difícil pero necesaria, que todavía tardaría un año en hacerse realidad.
Tan sólo un mes antes había asistido al mejor concierto de mi vida y, sinceramente, creía que después de Leonard Cohen ya ningún artista subido a un escenario sería capaz de hacerme sentir ese escalofrío que sin contacto físico muy pocos consiguieron arrancarme. En el plazo de un mes fueron varios los conciertos que me dejaron indiferente, disfrutando de la música pero sin apenas lograr alterar mi ritmo cardiaco: Dave Kusworth, Elliott Murphy, Kings of Convenience, The Fleshtones... Sí, ya sé, parecen muchos, pero eran tiempos sin medida. La dosis de más de tres horas del canadiense, sin ser letal, me hizo sentir vacunado para la emoción.
El 18 de noviembre le tocaba el turno a Rickie Lee Jones.

Nunca he sido fan de Rickie, pero el fantástico "Balm in Gilead" recién publicado era una buena razón para verla en directo, además, sus dos primeros discos son una maravilla, de vez en cuando recurro a ellos y su escucha es siempre un placer. Sus cincuenta y seis años están marcados por los desengaños amorosos (Tom Waits incluido), adicción a las drogas y al alcohol, y tras una etapa no muy fructífera, pero sin dejar de componer alguna que otra joya en forma de canción, sus dos, no, sus tres últimos discos son otras tres maravillas, los frutos de una vida reconducida y un genio recuperado.

El 18 de noviembre de 2009 Rickie Lee Jones se adelantó a la ley anti-tabaco prohibiendo los humos en el Kafé Antzokia y, además, no sé si por capricho, cabreo o superstición, pero sin previo anuncio, nos privó del directo de Pájaro Sunrise. Al menos, la entrada, donde figuraban como grupo invitado, sirvió para que yo reparara en la existencia del proyecto de Yuri Mendez y en su fantástico doble álbum "Done / Undone". Por cierto, acaba de publicar nuevo disco: "Old Goodbyes". Nos debes una señora Jones, desde entonces, las fechas y los lugares han jugado conmigo impidiéndome ver a un grupo que ha tocado en Bilbao o en San Sebastián siempre cuando yo estaba fuera de la ciudad.


Acudí puntual a la cita, a nuestra dama había que verla de cerca, pero, al no haber teloneros, la espera de más de una hora, sin tener ganas ni motivo para hablar con nadie, se hizo un poco larga. Finalmente los tragos de cerveza mirando al vacío desde la primera fila tuvieron su recompensa.
Con sólo aparecer, saludar y sentarse al piano, tomabas conciencia de que íbamos a ser testigos de algo poco habitual. Vestida más bien como una hippie moderna, cada gesto denotaba clase, distinción, incluso divismo imposible de encontrar en las cantantes de hoy en día. Ya no quedan artistas así. Y la sala a medio llenar. ¿Decepción? Ella también recorre esas carreteras secundarias de las que hablaba refiriéndome a Elliott Murphy, ¿recuerdan?, conducen a las músicas que han de disfrutarse en las distancias cortas, se apartan de la multitud y de la vulgaridad.

Tras tres canciones de sus primeros trabajos cambió el piano por la acústica y, con ello, el ritmo del concierto, siempre íntimo pero cada vez más emocionante. Su voz tiene unos registros, sobre todo agudos, que conserva desde los años 70 casi intactos. Interpreta cada canción como si la expulsara de sus abismos personales, como si necesitara compartirla con todos nosotros y así, compartido, hacer el dolor más soportable. Yo la tenía a un metro, podía escuchar el contacto de sus dedos con las cuerdas de la guitarra, la podía escuchar cantar aunque no se acercase al micrófono, podía incluso escuchar los comentarios que entre dientes hacía a sus músicos: la guitarra eléctrica de Sal Bernardi y el contrabajo de Rob Wasserman (a quien conoce desde hace un millón de años y cuyo curriculum podéis consultar en la wikipedia), ambos IM-PRE-SIO-NAN-TES. A veces parecía un concierto de jazz (por el virtuosismo de sus acompañantes), a veces de rock (por la intensidad en la interpretación), a veces de folk (con ese toque de los 70 en California) y siempre te daba la sensación de estar presenciando algo inclasificable, único.
Se acordó de David Bowie y le sirvió de excusa para volver a cambiar el signo de la noche, tomó la guitarra eléctrica he hizo la mejor versión que haya escuchado jamás de “Rebel Rebel”. Sentir lo que cantas, ahí reside el secreto, pero el precio es alto para los tiempos que corren. Dio varias muestras de su genio a lo largo de la actuación y es muy escrupulosa con la gente que habla. Supongo que, igual que yo, no puede entender que nadie gaste su dinero para pasarse el concierto hablando junto a la barra del bar. Interpretando “Wild Girl”, el primer tema de su último álbum y segundo de los bises, paró la canción, mandó callar a los gilipollas de turno, ¡no se puede interrumpir la conversación de una madre con su hija!, y visiblemente enfadada comenzó de nuevo. En ese momento el guitarrista, que se encontraba en un lateral, comprendió que la cosa se acababa y se retiró definitivamente. La falta de respeto de cuatro estúpidos nos privaron al resto, creo que al menos de uno, quizá de dos temas más.

Cuando justo le robábamos dos minutos al día siguiente, la noche del Anzokia llegó a su final. Para recordarlo siempre, para contarlo en cuanto tenga ocasión. Una lección de clase.

El 29 de noviembre tenemos una cita. Nos debes una canción, al menos.


P.D. Así lo contó la Land, y así descubrí yo qué era esto de los blogs:
DEUDAS SALDADAS - RICKIE LEE JONES EN EL ANTZOKI 18 DE NOVIEMBRE 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario